Mi Amor Platonico

Mi Amor Platonico
Y el amor roto, cuando vuelve a nacer, crece
más bello que el primero, más fuerte, más grande.


miércoles, 13 de marzo de 2013

"CAPITULO 33"




Había llegado el momento de marcharse.

Lady Fitzhugh se escandalizó al enterarse de que ____________ pretendía tomar la diligencia para ir a Londres e insistió en que se quedara con ellos en Long Meadows. Ellos partirían hacia Londres al cabo de unos pocos días, y podían dejarla en Chiswick sin ningún tipo de problema, así podría viajar con ellos en su carruaje. ___________ aceptó la invitación. El mismo día cinco de enero, Tom volvió a casa.

Ella estaba en la antika, acabando de restaurar su última pieza, una exquisita vasija samariana. Le había llevado todo el día y gran parte de la noche recomponerla y ya era casi medianoche cuando acabó de catalogarla.

Bajo el dibujo que había hecho podía leerse:

«Vasija redonda. Grupo D: cerámica rústica, fig. 16.2. Vasija de Samada con adornos rojos y negros; Adriática, siglo segundo. Villa de Drucus Aurelius, Wychwood, Hampshire. 1831».

__________ miró fijamente el dibujo. Aquél era el último objeto de la villa romana de Tom que iba a restaurar. Tal vez le vería en Londres, tal vez algún día visitaría su museo, pero aquella vasija simbolizaba el fin de sus días en Tremore Hall, y de repente se sintió desconsolada. Le esperaba un futuro excitante y lleno de posibilidades, pero cuando pensaba en Tom todo se desvanecía.

Hacía mucho tiempo que ya no sentía por él aquella adoración estúpida del principio. Ahora se trataba de algo mucho más profundo, había respeto y amistad. También deseo, eso siempre había estado allí. Un sentimiento que hacía que ella se derritiera como mantequilla simplemente al imaginárselo sin camisa, o si se acordaba de lo fuertes que eran sus brazos cuando la abrazó, o de cómo la habían embriagado sus besos. Le dolía recordar esas sensaciones, le dolía tanto que era como si un gran peso se hubiera instalado en su alma. Su tiempo juntos había acabado. Había sido maravilloso trabajar hombro con hombro con él, bailar, ir de picnic, negociar sobre el tiempo que ella iba a quedarse. Había sido mágico y especial, y pensar en su partida era casi insoportable.

Una lágrima le resbaló por la mejilla y, bruscamente, se la secó con un pañuelo. Había jurado que nunca volvería a llorar por él, e iba cumplir esa promesa.

____________ vio que, en la chimenea, el fuego se había reducido a brasas, y empezó a notar frío. Flexionó los dedos, cansados tras un día tan duro de trabajo y resentidos por la baja temperatura de la antika. Apoyó los codos en la mesa y se frotó los ojos bajo las gafas, tenía las manos heladas y eso alivió sus cansados párpados. Bostezó, era muy tarde, debería irse a dormir, los Fitzhugh la esperaban a primera hora y tenía que madrugar.

La puerta se abrió. ____________ levantó la cabeza y una fría corriente de aire apagó las velas de su mesa de trabajo y reavivó las brasas del fuego. Las llamas alumbraron lo bastante como para que ella pudiera ver quién estaba de pie en el umbral, y luego volvieron a apagarse.

Era él. Ella distinguía perfectamente su inconfundible silueta en el marco de la puerta, sus anchos hombros parecían un muro negro contra la plateada luz de la luna.

—Te veía aquí. —Hizo una pausa y, enigmático, añadió—: Dondequiera que fuera.

____________ carraspeó nerviosa.

—Has vuelto. —Fue lo único que se le ocurrió decir. No se veía capaz de formular nada más complicado. Cuando él entró en la habitación, ella se levantó y cruzó los brazos para protegerse del frío que había entrado al abrir la puerta.

Él la cerró y se apoyó en ella, su cara permanecía en la oscuridad.

—Y tú aún estás aquí —dijo él quedamente—. Pensé que ya te habrías ido. ¿Tu último día de trabajo no era el veintitrés de diciembre?

Él no había tenido ninguna intención de despedirse de ella. __________ recurrió al orgullo para controlar sus emociones.

—Mañana me voy a Long Meadows. Estaré allí dos semanas y cuando los Fitzhugh se vayan a la ciudad, me acompañarán a casa de su hermana.

Él no contestó y a medida que crecía el silencio entre ellos también lo hacia el enfado de ella.

—¿Qué, no va a tentarme para que me quede, señoría? —saltó al fin, irritada ante su indiferencia—. ¿No va a hablarme de nuestra amistad, de mis preciosos ojos? —Se le quebró la voz—. ¿No va a despedirse ni a desearme suerte, como haría con cualquier otro miembro de su servicio?

Él se apartó de la puerta y caminó hacia ella como una sombra gris y negra.

—Dios, ___________, ¿de qué crees que estoy hecho? —preguntó mientras rodeaba la mesa y se colocaba a su espalda—. ¿Acaso crees que soy de piedra?

—¿No es eso de lo que cree que estoy hecha yo? —le atacó ella, e intentó apartarse, pero él no se lo permitió.

Él le puso una mano en el hombro y con la otra le acarició la cara y le apartó un mechón de pelo de la mejilla.

—No, no eres de piedra —le susurró, apretándose contra su espalda—. Yo creo que eres más bien como una trufa.

—Gracias por compararme con una seta —dijo ella, y trató de soltarse los brazos para así separarse un poco de él.

Tom le puso la mano en el otro hombro para mantenerla donde estaba, y su cálida risa le acarició el rostro.

—No el vegetal —explicó él, y le besó la mejilla—, el chocolate. Eres como una trufa de chocolate, dulce, suave y deliciosa en el interior, pero protegida por una caja de cartón. —Deslizó sus manos hasta las suyas—. Una trufa helada, me temo. Tienes las manos congeladas.

La calidez de su cuerpo contra el suyo empezaba a hacerla entrar en calor. Ella prefería tener frío.

—Deja que te abrigue. —Él le soltó las manos y le dio la vuelta.

Le quitó las gafas y las guardó en el bolsillo de su delantal. Le cogió la cara entre las manos y entonces bajó la cabeza y la besó, pero se volvió.

—He intentado alejarme de ti —le dijo, dándole pequeños besos en los labios, las mejillas, la frente—. Si volvía para despedirme no iba a ser capaz de resistirme a esto. _____________, has sido como una sombra para mí durante estas seis largas semanas, te veía en todas partes. No estoy hecho de piedra. Sólo soy un hombre y, que Dios me ayude, no puedo dejar de desearte. No me tortures más. —Le acarició los labios con la lengua—. Bésame.

Ella abrió los labios bajo los suyos y cerró los ojos entregándose. Hacía tanto… Él había estado lejos tanto tiempo que ella ya había olvidado la sensación de su boca sobre la suya.

__________ lo cogió de las solapas del abrigo y lo atrajo hacia sí, como respuesta, él profundizó el beso saboreándola a conciencia. Ella le rodeó el cuello y, con los dedos, le acarició el pelo.

Él interrumpió el beso y se apartó un poco para mirarla, parecía muy resuelto.

—Di mi nombre —le ordenó, y bajó las manos hasta los nudos del delantal. Empezó a deshacerlos—. Tom.

—Deje de darme órdenes, señoría —dijo ella, y se puso de puntillas para poder besarle—. No lo estropees.

Él le quitó el delantal y lo tiró sobre la mesa que había tras ella.

___________ oyó cómo algo se caía y se rompía en mil pedazos contra el suelo, y supo sin lugar a dudas que acababa de romper la preciosa vasija. Su último día de trabajo desaprovechado. Empezó a reírse contra sus labios.

—La has roto.

—¿Qué era? —preguntó él, dejando de besarla y enterrando la cabeza en el cuello de ella.

—Una vasija de Samada —suspiró ella—, del siglo segundo, de un valor incalculable.

Él se desabrochó el abrigo y la pesada prenda se deslizó hasta sus pies.

—Ya me arrepentiré de ello mañana. —Volvió a besarle el cuello—. Dilo.

___________ le acarició el torso con las manos notando sus poderosos músculos bajo la camisa y volvió a sentir la excitación de sus pasadas negociaciones.

—Y si lo hago, ¿qué me ofrece a cambio, señoría?

—¿Qué quieres?


Chan..chan...chan.... parece que si se alcanzaron a ver... que será una despedida.... o no?? convernsera Tom a TN de quedarse???
jejeje espero le guste el capi...
Las Quiero
Bye =)

PD: Deseenme suerte para hoy.. ya que tengo la prueba de Matemáticas.. y si me eximo paso el ramo =).. espero me vaya bien jejejej

martes, 12 de marzo de 2013

"CAPITULO 32"




—No, no —dijo Elizabeth riendo—. Te has equivocado de lado. —La cogió por los hombros y la hizo girar.

—Tienes razón —admitió __________ entre carcajadas—. Me temo que nunca aprenderé estas dichosas cuadrillas —reconoció, y volvió a bailar intentando recordar los pasos que Tom le había enseñado. La música corría a cargo de tres violinistas y no de una caja de música. Elizabeth y no Tom era ahora su pareja de baile y las otras parejas ya no eran imaginarias. En esa sala había en total veintidós chicas intentando aprender los pasos de las danzas populares.

Gracias a Tom, ya no tenía miedo de tomar sus lecciones en una clase llena de gente. Ahora tenía suficiente autoestima como para poder reírse de sí misma si se equivocaba. Cuando tres semanas atrás le había confesado a Elizabeth que no conocía los bailes populares y que quería aprenderlos, ella insistió en asistir cada jueves por la mañana a esas clases.

—No te desanimes, __________ —le dijo lady Fitzhugh desde una de las sillas que había junto la pared—. Bailar bien requiere práctica. Anne y Elizabeth asisten a estas clases desde que cumplieron diez años. Lo estás haciendo muy bien, querida —la animó cuando volvió a girar hacia el lado equivocado.

—Es verdad —dijo Elizabeth mientras volvían a alinearse con las demás chicas para empezar un nuevo baile—. Para cuando vayas a Londres, ya lo harás bien. Bailas mejor de lo que te imaginas.

Tom le había dicho lo mismo, pero bailar con tanta gente alrededor aún le resultaba complicado, y hacía que sus carencias fueran más evidentes.

Pero no quería pensar en Tom, así que se obligó a entablar conversación.

—¿Así que os vais dentro de dos semanas? —le preguntó a Elizabeth mientras giraban ejecutando un moulinet.

—Sí. Tengo tantas ganas… Cuando llegues ¡nos lo pasaremos tan bien juntas!

___________ quería sentir el mismo entusiasmo que Elizabeth, pero no lo conseguía. Estaban bailando y ella intentaba concentrarse en contar los pasos, pero no podía dejar de añorarlo, él era su pareja de baile favorita.

Ya llevaba un mes fuera y aún no había anunciado su vuelta. A lo mejor no regresaba hasta que ella ya se hubiera ido. Por otra parte, cualquier día podían llegar noticias sobre su compromiso. Quizá nunca volviera a verlo. Tres meses atrás, la idea de irse de allí la llenaba de alegría, pero ahora sólo sentía melancolía.

Había intentado olvidar aquellos momentos entre los dos, pero no había podido. Había ocupado sus días con cantidades ingentes de trabajo, pasaba las tardes de los domingos y los jueves con la familia Fitzhugh, y Elizabeth le había ayudado a escoger un nuevo vestido en la tienda de la señora Avery. Trabajaba durante todo el día, pero Tom aparecía en su mente cada vez que cogía un artefacto, cada vez que bailaba, cada vez que caminaba bajo la lluvia.

A pesar de todos sus esfuerzos, no había podido seguir enfadada con él. En las doce semanas que habían pasado desde que ella le presentara su dimisión su orgullo se había recuperado del dolor infligido por la conversación oída. Y, mientras bailaban y flirteaban, había ido naciendo entre ambos una agradable camaradería. Él la había hecho sentir bella e interesante cada vez que le preguntaba por sus viajes o la tocaba. No sabía cómo, habían llegado a ser amigos. Pero tener un amigo que con un simple beso podía encender su cuerpo era algo muy peligroso. Especialmente si se trataba de un duque que iba a casarse con alguien llamado lady Sarah, una mujer que sin ninguna duda estaba destinada a ser duquesa.

 

 

Tom pasó horas sentado en su carruaje, mirando desde la distancia cómo la lluvia golpeaba los muros y las ventanas de la mansión Monforth, pero fue incapaz de ordenarle a su cochero que cruzara la verja. Se quedó allí, en el camino, escuchando cómo las gotas repicaban en el techo del carruaje aquella melancólica y fría tarde de diciembre.

Pensó en Sarah, en su increíble belleza, en su mercenario corazón y en su excelente preparación para cumplir con las obligaciones de una duquesa. Ella era absolutamente perfecta para el puesto, pero Dylan tenía razón, no era sensual en absoluto. Tom la había besado un par de veces y sabía que si sugiriera algo más atrevido sólo lograría que se desmayara y que le considerara un bárbaro. Pero por eso los hombres casados, igual que los solteros, tenían amantes.

Pensó brevemente en Marguerite. No la había visitado ni una sola vez durante todo el tiempo que había estado en la ciudad y ni él mismo podía entender por qué. Todo su cuerpo ardía con un deseo desesperado e incontrolado.

Pensó en sus responsabilidades. Tenía que concertar un buen matrimonio para poder asegurar el futuro de su título. Tener descendencia era una de sus principales obligaciones y ya la había pospuesto demasiado tiempo.

Pensó en el poder que tendrían sus hijos si su madre era la hija de un marqués. En esa unión, ambos saldrían ganando, y estaba convencido de que Sarah aceptaría encantada. Tan pronto como tuviera las esmeraldas de Tremore alrededor del cuello estaría dispuesta a pronunciar los sagrados votos. Era exactamente el tipo de esposa que necesitaba un duque, y era el tipo de mujer que nunca conquistaría su alma.

Allí sentado, viendo cómo el atardecer envolvía la mansión Monforth, sintió el peso de las obligaciones de su rango como nunca antes lo había sentido. Escuchó el repicar de las gotas contra la cubierta y se dio cuenta de que seguía sin saber por qué a alguien podía hacerle feliz caminar bajo la lluvia, aunque fuera en una cálida tarde de agosto.

Se había hecho de noche. Tom ordenó a su cochero que diera la vuelta y regresara a Londres, y ni él mismo entendió por qué lo hacía.
 
 
 
Cuando Tom se fue, ___________ se juró que no contaría los días desde su partida, y lo cumplió. No corría a mirar por la ventana de la antika cada vez que oía que se acercaba un carruaje. No le preguntó al señor Bennington si sabía cuándo iba a volver. No volvió a acercarse al ala norte ni a pasear por el invernadero.
Pero nada de eso pudo evitar que lo echara de menos, que echara de menos sus peleas verbales, sus bailes a medianoche, sus negociaciones y sus besos. Ella se repetía constantemente que eso no le hacía ningún bien, ya que tanto si él volvía como si no, ella iba a marcharse, intentaba recordar una y otra vez todas las palabras desagradables que él había dicho sobre ella con la esperanza de que eso la curara de la añoranza, pero tampoco funcionó. Ese recuerdo había dejado de dolerle.
Decidida a no echarle de menos, ___________ se centró en su trabajo. El almacén de la antika aún estaba lleno de piezas por restaurar; luego, pasaba dos tardes a la semana con la familia Fitzhugh, y ocupaba el resto del tiempo leyendo todo lo que encontraba sobre política inglesa, moda o nobleza. Incluso llegó a leer un libro que encontró en la librería del pueblo sobre cómo prepararse para ser una buena institutriz. Lo único que __________ evitaba con todas sus fuerzas eran las revistas de sociedad. No quería leer las especulaciones que en ellas habría sobre Tom y su futura prometida.
Siguiendo las instrucciones de Tom, el encargado de los establos le enseñó a montar a caballo. Dada su experiencia con los camellos, sólo fueron necesarios un par de días para que se sintiera cómoda en la silla de montar, aunque seguía pensando que era un invento totalmente ridículo.
Cuando llegaron las vacaciones el señor y la señora Bennington se fueron a pasar las navidades a casa de su sobrino, en Wiltshire, y lady Fitzhugh invitó a ___________ a Long Meadows. Ella aceptó encantada y escribió a Viola para informarle, de que se quedaría unos días más en Hampshire, __________ nunca había celebrado la Navidad en Inglaterra y tenía muchas ganas de comparar esas fiestas con los Fitzhugh. En aquellos últimos meses había cogido mucho cariño a esa familia y ellos la trataban como si fuera un miembro más.
En su primera cena de Navidad inglesa, _________ comió los platos más exóticos que había visto en su vida, aunque para sus anfitriones eran de lo más corrientes. El cochinillo asado no acabó de gustarle, pero le encantó el pudín de ciruelas.
Los Bennington regresaron a Tremore Hall para despedirse de ella y le desearon lo mejor en su nueva aventura. El día cinco de enero, el señor Cox le pagó la prima de quinientas libras. Ya no había nada que la retuviera en Hampshire.
CHICAS... aqui esta el capi y como ven TN ya termino sus días de trabajo y parece que no vera a Tom =( .. tendran  que esperar....
 
espero les guste...
Las Quiero
Bye =)

lunes, 11 de marzo de 2013

"CAPITULO 31"




Tom decidió centrarse en su trabajo. Asistía a sus habituales encuentros con los miembros del Club de Anticuarios que estaban en la ciudad y cumplía con todas sus obligaciones. Sólo controlar el proyecto del museo lo tenía ocupado desde que salía el sol basta avanzada la noche. Todo por mantener la mente en otra parte y dejar de pensar en aquellos ojos color lavanda y el deseo que en él despertaban.

Pero allí, de pie en medio de la sala que albergaría la mayor colección de objetos romano británicos del mundo, cada fresco, cada mosaico, cada ánfora, le recordaban aquello de lo que trataba de escapar.

¿Qué tenía aquella mujer que no podía quitársela de la cabeza? Unos meses atrás apenas se fijaba en ella. Hubo una época en que era incapaz de acordarse de ella a no ser que la tuviera de pie frente a él. Recordaba cómo le molestaba oírla tartamudear al intentar explicarle su última traducción al latín o al describirle los detalles más ínfimos de un mosaico. Ella obedecía todas sus órdenes sin protestar, no importaba lo exigentes o lo poco razonables que éstas fueran; ella siempre las cumplía a la perfección. De hecho, se comportaba como cualquier otro miembro del servicio: sin quejas, sin preguntas y cobrando una paga por el trabajo bien hecho.

Entonces dimitió, y le dijo a la cara que no le gustaba y que no quería trabajar para él ni un día más. En ese momento, cinco meses después de su llegada, ella se transformó ante sus ojos. Se convirtió en alguien desconocido, alguien a quien no le importaba su título ni su posición. Él suponía que ella siempre había sido así pero que, por miedo a perder su empleo, se había escondido tras una máscara de eficiencia. Cuando se le había presentado la primera oportunidad de salir de allí, había aceptado sin dudarlo, y desde entonces él se había visto obligado a recurrir a todo su ingenio para intentar convencerla de que se quedara más tiempo.

¿Y todo por qué? Porque a ella él no le gustaba. Pero sí le había gustado que la abrazara; le había gustado que la besara; tanto como a él hacerlo.

Tom sabía que a él sí le gustaba ella. Demasiado. La deseaba como nunca antes había deseado a ninguna mujer. Era todo tan inesperado, tan increíble. Había estado equivocado respecto a __________ al principio, y ahora ella invadía cada rincón de su mente. ¡Maldito honor! ¿Por qué no había aprovechado la oportunidad de hacerle el amor? Al menos así dejaría de imaginarse lo que sentiría al hacerlo y quizá podría apartar de su mente esa obsesión y concentrarse en su trabajo. Miró el fresco que tenía delante, y sus colores envejecidos; el racimo de uvas que habría sido púrpura ahora era de color lavanda. Dio un puñetazo a la mesa.

—¡Que se vaya al diablo!

—¿Me llamabas? —preguntó una voz masculina desde el pasillo.

—¡Dylan Moore! —exclamó Tom reconociendo esa voz sin tener que levantar la vista. Tomó aliento y, agradecido por la interrupción, apartó la vista de la pintura.

—¿A esto le llamas museo, Tom? —dijo Dylan mirando a su alrededor—. Se parece más a un mausoleo, está todo lleno de piedras y de estatuas. Pero fíjate, si incluso tienes un sarcófago.

—Veo que sigues sin cortarte el pelo —comentó Tom, apartándose de la mesa—. ¿Hasta cuándo vas a resistirte a los dictados de la moda?

—Aún no lo he decidido —respondió su amigo sonriendo—. Mi mayordomo me riñe por ello constantemente, lo creo incluso capaz de drogarme y cortármelo mientras duermo. Pero estoy decidido a volver a poner de moda las melenas largas en los caballeros. Por favor, Tom, esos peripuestos de Londres necesitan de alguien que les guíe.

A Dylan nunca nadie podría acusarle de peripuesto. Era el compositor más famoso de Inglaterra y su apariencia era siempre un poco chocante. Hasta tal punto que, cuando alguien lo veía por primera vez, quedaba tan impactado que no podía ni reaccionar. Estaba todo muy estudiado.

Era tan alto como Tom y llevaba una melena larga y negra que le llegaba a los hombros; siempre despeinada, como si acabara de levantarse de la cama. Sus ojos también eran negros, con unas invisibles pupilas tan oscuras que lady Jersey lo había apodado el moderno Mefistófeles. La comparación le iba como anillo al dedo. Sus cejas se arqueaban burlonas, mientras sus labios sonreían seductores. El encanto de los ángeles y la suerte del demonio.

Se vestía de acuerdo con su apodo y alimentaba esa imagen de Mefistófeles llevando siempre ropa negra, fuera cual fuese la ocasión. Su abrigo negro con forro dorado era conocido por todos, al igual que lo era su comportamiento que, a cada año que pasaba, se volvía más escandaloso. Dylan era salvaje, rebelde, y siempre le invitaban a todas las fiestas. Pero también era el compositor de las melodías más bellas que Tom había escuchado en su vida. Se conocieron en Cambridge y eran amigos íntimos desde entonces.

—¿Por qué llamabas al demonio, Tom? Supongo que por algo relacionado con el trabajo, eso es lo único que sabes hacer, trabajar. —Dylan nunca había sido capaz de estarse quieto, así que empezó a caminar por la habitación observando los objetos expuestos—. ¿O quizá la idea de colocar las esmeraldas ducales alrededor del cuello de cierta dama te está haciendo maldecir?

—¿Es que no puedo tener vida privada? —preguntó Tom exasperado—. ¿Hasta dónde han llegado los rumores?

—La semana pasada apareció en el periódico una lista de las posibles candidatas. ¿Qué espetabas, amigo mío? ¿Creías que podías llevar las esmeraldas a una joyería de Bond Street sin que nadie se enterara?

—Fue una tontería, lo sé.

—Muy grande —añadió Dylan, y paró de caminar para mirar directamente a su amigo—. Vamos, desembucha. ¿Quién es la afortunada dama?

—Lady Sarah Monforth.

Su amigo, incrédulo, lo miró fijamente y esquivó un par de estatuas hasta colocarse frente a él.

—Me estás tomando el pelo, Tom. Dime la verdad.

—Te he dicho la verdad. Ella está en París hasta navidades, así que aún no me he declarado. Te pido por favor que mantengas el secreto.

—Estoy demasiado impactado para no hacerlo. ¿Puede saberse por qué precisamente tú, que eres un hombre inteligente, vas a casarte con una boba de tal calibre?

—Es una unión ventajosa para ambos.

—No cabe duda. Su nombre era el primero de la lista. —Dylan cogió un cuchillo de bronce que estaba sobre la mesa y lo observó atentamente por un instante, luego lo devolvió a su sitio—. Sabiendo como sé que odias el matrimonio tanto como yo, supongo que lo haces para tener un heredero.

Tom se estaba irritando. No le gustaba que sus amigos se metieran en sus asuntos.

—¿Tienes algo que objetar?

—Vas a tener que acostarte con ella —dijo Dylan mirándolo a los ojos y poniendo cara de asco—. Lady Sarah es una de esas mujeres que, a pesar de ser hermosas, no tienen ni un ápice de sensualidad en todo su cuerpo.

—Hablas como el hedonista que eres, yo estoy siendo práctico.

La risa de Dylan resonó por todo el museo.

—Dios, Tom, cómo me gustaría ser como tú. Eres tan responsable, tan disciplinado y tienes tanta determinación que consigues siempre lo que quieres. Supongo que ya has informado a Dios de que necesitas como mínimo tres hijos varones para asegurar la descendencia de Tremore.

Tom ya estaba acostumbrado al cáustico sentido del humor de Dylan y se negaba a picar el anzuelo.

—Estoy muy contento de verte, amigo.

—Te confieso que yo también. Nos lo pasamos muy bien siempre que decides visitar la capital. ¿Qué vamos a hacer esta vez? Podríamos ir a Seven Dials a fumar opio. Yo fui hace unos días y fue una experiencia indescriptible. Creo que incluso me inspiró para componer cinco nuevos conciertos.

Tom sabía que era probable que Dylan le estuviera diciendo la verdad. Visitar Seven Dials y fumar opio era la típica situación peligrosa que a Dylan le encantaba. Él siempre hacía cosas así.

—O quizá podríamos invadir los burdeles, Tom. Que yo sepa, en este tiempo has sido lo bastante listo como para no enamorarte de una actriz y, después de todo, dentro de poco vas a casarte con una mujer tan erótica como esta criatura de aquí —dijo, señalando la estatua que tenía al lado—. Así que, ¿qué me dices, visitamos a las prostitutas esta noche?

Por un instante, Tom estuvo tentado de aceptar. A lo mejor, un interludio con una cortesana de Londres era lo que necesitaba para librarse de aquella tensión, de aquella necesidad que lo consumía por dentro. Después de todo, si lo que necesitaba era estar con una mujer, en media hora una prostituta podía solventarlo.

—Una idea tentadora, Moore —admitió—, pero no puedo. Ya tengo un compromiso.

—No seas aburrido. Llevo días trabajando en una nueva ópera y hace más de una semana que no estoy con una mujer.

La mano de Tom rozó el borde del fresco que había en la mesa e inclinó la cabeza para examinar más de cerca el dibujo. Cerró los ojos y olió un poco de esencia de gardenia. La preferida de ella.

—¿Tanto? —preguntó mientras volvía a incorporarse.

—¿Cuál es ese compromiso? Monforth y su familia no están en Londres, creo que pasan estos días en Hertfordshire. —Hizo una pausa y repasó todas las opciones—. Ah —sonrió—, supongo que te refieres a la encantadora Marguerite.

Al oírlo, Tom cayó en la cuenta de que llevaba más de ocho meses sin visitar a su amante. Dios, ni siquiera se había acordado de ella.

—No voy a ver a Marguerite —contestó él, a la vez que pensaba que quizá debiera considerar hacerlo. Tal vez así lograra recuperar un poco de paz—. Voy a cenar con los miembros del Club de Anticuarios, tenemos muchas cosas que hablar sobre el museo. ¿Te apetecería venir? Estoy convencido de que nunca han conocido a nadie como tú. Si prometes no hacer nada deshonroso, como por ejemplo, recitar versos obscenos, te dejo que me acompañes.

A Dylan se le pusieron los pelos de punta sólo de pensarlo.

—¿Sentarme a beber oporto rodeado de viejos arqueólogos y tratando de comportarme? No, gracias. Creo que prefiero que me azoten en la plaza pública o beber limonada con las debutantes en Almack's.

—No puedes. Te echaron de allí hace dos años y tienes prohibida la entrada. Lady Amelia. ¿Te acuerdas?

—Ah, sí. Lady Amelia. Ya lo había olvidado.

Lady Jersey y el resto de las grandes damas que regentaban Almack's le habían prohibido la entrada a tan respetable institución cuando Dylan se había negado a casarse con lady Amelia después de haberla besado delante de todo el mundo mientras bailaban un vals. Dylan no lamentaba la perdida en absoluto.

—Si no llega a abofetearte tan rápido, la reputación de lady Amelia no se habría recuperado de ese incidente —señaló Tom—. Ese beso la habría arruinado para siempre.

—Yo le dije que me pegara. Era la única solución, todo el mundo nos estaba mirando. —Dylan se separó de la estatua y empezó a caminar hacia la puerta. A cada paso que daba, el forro dorado de su abrigo brillaba tras sus botas—. Si no quieres venir conmigo a perseguir faldas, tendré que espabilarme solo. Creo que lo mejor será que vaya al teatro, Abigail Williams representa Los rivales. Saltaré de mi palco y me la llevaré del escenario.

—En serio, Moore —le gritó Tom a su amigo—. ¿No crees que llevas demasiado lejos ese papel de artista chiflado?

—¿Quién dice que es un papel? —preguntó Dylan desde la puerta; a continuación se detuvo y le sonrió—. Yo mismo aún no lo tengo claro. Cuando decidas hacer algo divertido, llámame, Tom.

Tom vio cómo su amigo desaparecía en la oscuridad y negó con la cabeza. Dylan era un hombre brillante, con talento, pero cada vez parecía perder más el rumbo. Desde su accidente en Hyde Park hacía tres años, no había vuelto a ser el mismo.

Tom dejó de pensar en Dylan y volvió a mirar el fresco. Deslizó el dedo sobre una pequeña grieta que había sido perfectamente reparada.

Él nunca querría tanto algo cuya pérdida pudiera llevarlo a la locura. Nunca.

Apartó la mano de la pintura. Tan pronto como se fuera de Londres, iría a Hertfordshire para ver a Sarah. Había llegado el momento de hacer oficial su compromiso.


CHICAS... espero que esten bien.. y comenzar una nueva semana.. ahora de trabajo y estudio ¬¬ jajaja que le vamos hacer asi es la vida...
Parece que Tom no se va a hechar atras con la idea de proponerle matrimonio a Lady Sara...
Que dira TN de todo esto... jejejej

Las Quiero
Bye =)

viernes, 8 de marzo de 2013

"CAPITULO 30"




Separó sus labios de los de ella y hundió su cara en la suavidad de su cuello. Besó cada centímetro de su piel, saboreando cada uno de los suspiros de placer que ella exhalaba al acariciarle los pechos. Cuando atrapó el pezón entre sus dedos y se lo rodeó con sus lentas caricias, esos suspiros se convirtieron en gemidos: fue el sonido más dulce que había oído en su vida. Todas las piezas de su ahora roto autocontrol le recordaban que tenía que parar. Pero aún no.

Le besó el cuello, la mandíbula y la barbilla hasta volver a capturar su boca. Esta vez, ella separó los labios al instante; había abandonado toda resistencia. Le deseaba tanto como él a ella. Antes de que a él se le ocurriera parar, ella le rodeó el cuello con los brazos y apretó su cuerpo contra el suyo. La lengua de ella se introdujo en su boca, eliminando así de su mente cualquier estúpido residuo sobre el honor que aún pudiera quedarle.

Sintió cómo perdía totalmente el control y deslizó las manos por todo su cuerpo hasta acariciarle las nalgas. La levantó del suelo hasta notar que sus caderas quedaban a la misma altura que las suyas. ___________ separó las piernas todo lo que le permitió su falda y se apretó contra él. Sus cuerpos se movían al unísono, cada balanceo incrementando el placer. Él oía los jadeos que ambos emitían, sentía cómo sus lenguas se acariciaban, cómo sus caderas se acompasaban. Se permitió unos segundos más de esa exquisita tortura y luego dejó de besarla. Había llegado el momento de parar.

Tom susurró una maldición contra su cuello. Estaba excitado y ansioso pero la soltó y dio un paso atrás, luego otro, y otro, apartándose de ella en un intento de controlar el deseo insatisfecho que ardía dentro de él. Ninguno de los dos habló. Cuando hubo dado doce pasos se detuvo, allí ya no la tenía a su alcance.

Ella no tenía experiencia en esos asuntos pero él sí. Sabía que no podía quedarse allí ni un minuto más o haría algo que no debía hacer. Podía arruinar la reputación de ella y él perder todo su honor.

Mientras aún le quedaba un atisbo de cordura, Tom se dio la vuelta y se marchó, tenía que alejarse lo máximo posible. Pero dos pisos no fueron suficientes para huir de ella. Sus ropas se habían impregnado de su olor a gardenia y, pese a la insistencia de su mayordomo, durmió con la camisa que llevaba puesta y esa esencia lo torturó toda la noche, inundando su sueño de imágenes eróticas. Cuando se despertó por la mañana, ella ocupaba todos sus sentidos y supo que lo más seguro era poner tierra de por medio.

 

 

A la hora del desayuno ella se enteró de que se había marchado. El señor Bennington le contó que se había ido a Londres con todas las piezas que ya estaban listas para el museo. No, no había dicho cuándo iba a regresar. Había una carta junto al plato de __________ pero no era una carta de despedida de él. El sello no tenía el escudo de Tom. Era una carta de Viola.

____________ miró sin ver la carta sin abrir que tenía en la mano. Tom se había ido por culpa de lo que había pasado entre ellos o, mejor dicho, por lo que casi había pasado. Ni siquiera le había dicho adiós.

«Un beso puede llegar a ser mucho más tentador de lo que se imagina.»

Tentador sí, lo había sido para ambos.

___________ se juró a sí misma que no iba a torturarse recordando, y abrió la carta de Viola. Dentro había otro sobre pero primero leyó la de la vizcondesa.

 

__________:

La noticia de que Tom te está enseñando a bailar me ha hecho muy feliz, dominar ese arte te ayudará a disfrutar más de tu estancia en Londres. También estoy muy contenta de saber que por fin te has dado cuenta de que mi hermano es encantador, yo siempre lo he pensado, pero al ser su hermana quizá no soy objetiva. Él siempre se ha preocupado tanto por mí…

Querida __________, tengo que confesarte una cosa. Me temo que he abusado de tu confianza y me he atrevido a investigar sobre el matrimonio de tus padres. Te adjunto la carta que recibí del vicario de una pequeña parroquia de Gretna Green en Escocia. En ella encontrarás el certificado del matrimonio que contrajeron sir Henry Wade, G. C. B, y la señorita Jane Durand, hija de lord Durand, el 24 de febrero de 1805. Dado que tú tienes veinticuatro años, las fechas coinciden perfectamente.

Si el nombre de soltera de tu madre era Jane Durand, creo que ya tienes bastantes pruebas para reclamar tus derechos. Espero que me perdones por haberme entrometido así en tu vida, pero lo he hecho con la mejor intención. Te mereces que tu familia te reconozca y te ofrezca todo su apoyo, ¡deseo tanto que seas feliz!

Mientras tanto, espero ansiosa tu llegada. Da mis recuerdos al señor y a la señora Bennington.

Tu amiga,

Viola

 

—¿Alguna novedad interesante de Chiswick o Londres? —preguntó la señora Bennington.

Sin contestar, ___________ miró la carta que sujetaba en la mano. El barón no la quería y ella no tenía ninguna intención de reclamarle nada, ni dinero ni apoyo. Sabía que era muy orgullosa y que quizá se equivocaba, pero a no ser que no tuviera ninguna otra opción, nunca iría a pedirle nada a una familia que no la quería. Primero viajaría a Londres y disfrutaría de la temporada social tal como había previsto, luego buscaría trabajo como institutriz.

Dobló las dos cartas y se las guardó en el bolsillo.

—Nada nuevo, me temo —contestó a la señora Bennington—. Lady Hammond les manda recuerdos. —Y luego, dirigiéndose al señor Bennington, preguntó—: ¿Le dijo el duque qué quería que hiciéramos mientras él no estaba?

—Él mencionó los mosaicos que le di ayer y todavía hay uno o dos frescos. Sin olvidar, claro, las muchas piezas que aún nos faltan por restaurar y catalogar. Creo que tiene trabajo suficiente como para estar ocupada hasta el día de su partida.

___________ notó la ironía de su voz y se animó un poco.

—En efecto, más que suficiente —reconoció—. Suerte que ha llegado el frío y ha habido que dejar de excavar.

—Usted está haciendo un excelente trabajo, señorita Wade. Tengo que confesarle que, aunque sentía un gran respeto por el trabajo de su padre, cuando el duque me dijo que usted iba a ocupar su lugar, pensé que no sería una adecuada sustituta. Pero ahora me doy cuenta de que estaba equivocado, es usted insustituible. El duque no podrá encontrar a nadie tan bueno. La echaré mucho de menos, querida.

—No hablemos de su partida —dijo su mujer—, es demasiado triste. —Luego se dirigió a ___________—: Aún tengo la esperanza de que cambie de opinión y se quede con nosotros.

—Ustedes dos han sido muy amables conmigo y los echaré mucho de menos —dijo ___________ con los ojos llenos de lágrimas y sonriéndoles con afecto—. Pero dejemos de hablar de eso, aún faltan seis semanas para que me vaya.

—Lo sé —dijo el señor Bennington mientras se levantaba de la silla—. Pero la próxima primavera no será lo mismo sin usted. Tengo que dejarlas. Su señoría quiere que todo el suelo este restaurado a su vuelta y aún me queda mucho por hacer.

El arquitecto se fue y su mujer se acercó a __________.

—He recibido otra carta de mi amiga, la señora Treves —le comentó la señora Bennington—. En ella me cuenta que en Londres todo el mundo hace apuestas sobre quién será la próxima duquesa. La dama que se case con un hombre de la posición del duque tiene que ser, como mínimo, hija de un conde, y ahora en Londres no hay nadie que cumpla ese requisito. Es demasiado pronto. Así que, si el duque se ha ido a Londres tan pronto, dudo que haya ido a ver a lady Sarah. Debe de ser un viaje de negocios, o quizá quiera visitar a su hermana. —Miró a ___________ esperando que le confirmara su suposición.

—Lady Hammond no decía nada de eso en su carta. Si me disculpa. —Se levantó y se dispuso a marcharse del comedor, dejando a la señora Bennington desconcertada.

—__________, querida, ¿se encuentra bien?

—Sí —le contestó ella ya en la puerta—. Es sólo que tengo mucho que hacer.

De camino a la antika se repitió una y otra vez que a ella no le importaba con quién se fuera a casar Tom. Iba a olvidarse de lo que había pasado la noche anterior. Lo olvidaría.

Encima de su mesa había un mosaico con la representación de Europa. _________ lo miró fijamente y la imagen del continente empezó a difuminarse hasta formar otra distinta. ____________ veía a un hombre y una mujer desnudos, y recordó cómo Tom había reseguido con sus dedos las formas de la mujer.

Así la había acariciado también a ella. Oleadas de calor inundaron su cuerpo al recordar esas caricias. Le era imposible dejar de pensar en lo que había sentido cuando él la abrazó por la espalda y apretó su cuerpo contra el suyo. Su voz susurrándole al oído, sus besos, su excitación.

Mirar frescos eróticos era una cosa, pero sentir las manos de él sobre la piel, su boca torturando la suya, era otra muy distinta, que la dejó ardiendo y deseando algo más.

Él iba a casarse con otra. ¿Cómo había podido tocarla de ese modo si iba a casarse con otra?

«Los hombres no tienen constancia en lo que a las mujeres se refiere.»

Las palabras de Tom volvieron para atormentarla y entendió que un hombre podía desear a una mujer y no sentir nada especial por ella. Ellos dos habían estado flirteando durante semanas. Él la había besado y ella le había devuelto el beso. Los dos querían algo más y los dos lo habían obtenido.

El amor y el deseo no eran lo mismo. Quizá él la deseara, pero no estaba enamorado de ella. Ella también lo deseaba, anhelaba sus caricias, pero ya no lo amaba. La noche anterior, ambos habían sentido deseo, no amor. El deseo le había regalado uno de los mejores momentos de su vida. El amor le había roto el corazón. Haría bien en no olvidarlo.


CHICAS.. perdon por no haber subido capi ayer.. pero no em sentia muy bien.. ademas que ahora ando con  un dolor de espalda.. ¬¬ ya que tuve que lavar mi alfombra.. y no lo vuelvo hacer nunca mas jajajja.. ya desde el Lunes comenzare a subir capis todos los días... ya que se me acaban las vacaciones y tengo que ir de vuelta al trabajo.. y en las noche a estudiar... aaaa espero poder resistir este año xd jajaja espero les guste el capi.. pero como ven.. Tom se casara con otra ¬¬.. alcanzara a hacerlo???

Las Quiero
Bye =)

miércoles, 6 de marzo de 2013

"CAPITULO 29"




Besos a cambio de tiempo. Tom estaba convencido de que era la proposición más extraña que había hecho a una mujer, pero __________ no parecía impresionada.

—Muy propio de usted pensar algo así —dijo ella mientras se alejaba de él riéndose—. Así usted siempre sale ganando.

Eso era verdad, y no pudo evitar reírse con ella, pero en las tres semanas siguientes dejó de hacerle gracia. No podía dejar de pensar en aquel beso en todo el día. La exquisitez con la que su pierna se había amoldado a la suya, sus brazos rodeándole el cuello. El aroma a gardenia inundándole los sentidos, el dulce tacto de su boca y el calor que irradiaba su cuerpo. Pero lo que más recordaba era su cara cuando se separaron. La sorpresa, el placer genuino que había en su sonrisa y que no había sido capaz de ocultarle.

Él tenía razón. Ella era muy apasionada, pero mantenía ese sentimiento prisionero bajo su serena superficie. Él había logrado liberarlo por unos segundos y se moría de ganas de hacerlo de nuevo.

Por las tardes, revisaban las piezas y escogían cuáles se enviarían al museo y cuáles no. Cada noche la cogía entre sus brazos y bailaba con ella. Le preguntó todo lo que quería saber sobre los lugares en los que había vivido, sobre las pirámides, el Coliseo, los mercados de Tánger y Marruecos. Discutía con ella, le tomaba el pelo, flirteaba con ella, pero nunca, en esas tres semanas, ni una sola vez intentó besarla de nuevo.

Besarla sería sólo el preludio de todo lo que había imaginado hacer con ella, y eso comprometería el honor de él y la inocencia de ___________. Tenía que recordarse una y otra vez que él era un caballero, algo que nunca le había costado tanto tener presente. Hacía catorce años que cumplía con las obligaciones de su cargo, llevaba toda una vida acatando las normas de la sociedad y cumpliendo con una estricta disciplina, todo eso ahora podía ayudarle. No importaba el rango que tuviera, ni su título, un auténtico caballero no se aprovecha de una dama inocente, especialmente si ella trabaja para él. Besar de nuevo a ________ no sería correcto, y Tom sabía que tenía que controlarse. Pero ¡tenía tantas ganas, Dios, tantas!

Las implicaciones de lo que le había sugerido a ella no dejaban de perseguirle. Cada día se le ocurrían infinitas maneras de darle placer a cambio de que se quedara más tiempo. Maneras que lo obsesionaban de día y de noche invadían sus sueños.

Ella aprendió a bailar el vals bastante bien, así que empezó a enseñarle los pasos básicos de otros bailes populares. No fue fácil, ya que la mayoría de esos bailes requerían de cuatro personas como mínimo. Tratar de explicarle qué era un moulinet o un interchassé sin otras parejas es casi imposible, pero él lo intentó de todos modos. Cogerse de las manos era la mayor intimidad que tenían esos bailes, así que para Tom eran mucho más seguros que bailar el vals.

La presencia de otras personas habría sido de más utilidad que su determinación, claro, y ahora probablemente ella ya no tendría miedo de que la vieran, pero él no se lo sugirió. Que Dios le ayudara, no estaba dispuesto a sacrificar el placer de estar a solas con ella. La necesitaba, necesitaba estar con ella, y quería saber quién ganaría, si su deseo o su resistencia. Una apuesta muy peligrosa.

Sabía que estaba jugando con fuego, pero el riesgo valía la pena. Tres semanas después del beso en la antika se percató de que no podía aguantar más, de que estaba al límite, y dio cuerda a la caja de música para que sonara un vals.

—¿Vamos a practicar el vals esta noche? —preguntó __________ al oír la melodía—. Hace mucho que no bailamos uno.

Tom le cogió la mano.

—Debemos repasarlo de vez en cuando. —La acercó a él y le rodeó la cintura—. Además, prefiero bailar un vals con usted que formar las aburridas figuras de la cuadrilla a través de la habitación.

—¿De verdad?

—Sí, aunque mi pareja de baile sea tan cruel conmigo.

—¿Estoy siendo cruel? —preguntó ella sonriendo ante el burlón tono de su voz—. ¿Y cómo es eso?

—Usted sabe lo importante que es el museo para mí y se niega a darme más tiempo a cambio del beso que le di hace tres semanas, un beso que sé que disfrutó. —Él vio cómo ella se sonrojaba y se preguntó cómo había podido encontrarla sosa antes. Era la criatura más excitante que había conocido nunca. Decidió arriesgarse de nuevo—. Quizá podríamos volver a negociar.

—Oh, no, no —negó sonriendo. A ella también le gustaba ese juego que había entre los dos—. No voy a darle un mes más.

—Pues entonces dos semanas.

—¡Qué presuntuoso de su parte! —exclamó ella aún riéndose, y le dio una palmadita cariñosa en el hombro—. Sea serio en sus negociaciones o no me haga perder el tiempo con ellas.

Tom la acercó un poco más a él, mucho más de lo que era apropiado en un vals.

—¿Qué consideraría usted una oferta seria?

___________ simuló meditarlo durante unos instantes.

—Ese beso debió de durar dos minutos como mucho. Así que estaría dispuesta a darle dos minutos más de mi tiempo.

Tom la miró con fingida indignación.

—¿Dos minutos? ¿Es eso todo lo que merezco? ___________, me siento insultado. Creo que una joven dama que espera entrar en sociedad debería valorar más mi beso. Al fin y al cabo, soy un duque.

Los preciosos ojos de ella brillaron con picardía.

—Tal vez valdría más si pudiera contarlo, pero si explico en Londres lo bien que besa usted, arruinaré mi reputación.

Él sonrió, le encantaba poder flirtear con ella.

—Pero haría maravillas con la mía —contestó él—. Me gusta la idea de que todas las mujeres de Londres estén al corriente de mis encantos.

—Y usted decía que no le gustaba ser el centro de atención.

Él la acercó aún más.

—Ah, ___________, para un hombre, ser considerado un buen amante es mucho más gratificante, que cualquier otro chisme que puedan decir sobre él.

Él creyó que a ella se le estaba acelerando la respiración, pero no podía estar seguro. Cuando contestó, lo hizo de manera seria y escueta, pero aún se le notaba la sonrisa en la mirada.

—Nadie oirá de mí lo bien que besa, señoría.

—¿Usted no es de las que presume de sus conquistas?

—No. —Bajó la vista para luego mirarlo directamente a los ojos—. Además, si quiere que me quede más tiempo, tiene que ofrecerme algo más tentador que un simple beso.

Eso sin duda podía hacerlo. Sabía en todos los lugares donde le gustaría besarla: en los suaves lóbulos de las orejas, en su sedoso pelo, en el interior de sus muñecas, en las mejillas.

Su imaginación se descontroló. Sus pechos redondos con los rosados pezones excitados por sus labios. La base de su espalda, su ombligo. Los rizos dorados y la dulce y caliente hendidura de su entrepierna.

—Un simple beso puede ser mucho más tentador de lo que se imagina —dijo él sin reconocer su propia voz.

Habían dejado de bailar y él ni siquiera se había dado cuenta. En algún lugar, a lo lejos, oyó cómo la música se iba deteniendo.

Él iba a besarla de nuevo. Iba a permitir que el deseo que sentía por ella se descontrolara por un instante. Seguro que luego lograría contenerlo.

Sólo un beso. Sólo uno. Agachó la cabeza.

—La música se ha parado. —Ella retrocedió unos pasos, se dio la vuelta y se encaminó hacia la caja de música.

Él no iba a permitir que se alejara, así que la atrapó por la cintura y la atrajo con fuerza hacia él. Los dos se quedaron petrificados, la espalda de ella pegada contra su pecho.

Tom cerró los ojos e inhaló la esencia de gardenia de __________. Sentía sus suaves cabellos rozando su mandíbula. Podía notar cómo a ella se le aceleraba la respiración en el brazo y sentía sus nalgas apretadas contra sus caderas. Notaba cómo sus pechos rozaban su mano, todo lo que tenía que hacer era mover un poco los dedos.

Pero en lugar de eso, se apartó un poco de ella y abrió los ojos. Se le secó la garganta al ver su nuca. Llevaba el pelo recogido en un precioso moño que Ella le había hecho aquella mañana. Las minúsculas peinetas de concha parecían ámbar a la luz de las velas. Quería deshacérselo, pasar los dedos por aquella densa cabellera. No lo hizo, sino que inclinó la cabeza y le besó la nuca. Tenía los tendones tan rígidos como las cuerdas de un arpa.

—¿Está segura de que otro beso no lograría tentarla? —le preguntó, y se ladeó un poco para poder besarle el cuello.

—No me quedaré otro mes —dijo ella quedamente por encima del hombro—. Aquel beso no fue tan bueno.

Él rió suavemente y su aliento le rozó la oreja.

—Sólo fue el momento más extraordinario de su vida —susurró él—. Es el mejor cumplido que jamás he recibido de una mujer, ___________.

Él le lamió la oreja y ella emitió un entrecortado suspiro. Aún intentó seguir discutiendo con él.

—Yo dije… que… había sido… uno de los momentos más extraordinarios. Uno de muchos. He tenido otros, ¿sabe?

—¿De verdad?

—Además, creo que dos minutos es… es… muy generoso por mi parte. Para usted, besarme debería ser una recompensa en sí misma.

¿Recompensa? Él estaba totalmente excitado por el roce de su espalda, temblaba por el esfuerzo que estaba haciendo por contenerse. Aquello era una tortura, no una recompensa. Si en aquel instante ella le pedía que le devolviera un mes a cambio de permitirle seguir abrazándola de aquel modo, aceptaría. Dios, sí. Al instante.

Movió la mano y cubrió su pecho con ella. Ella se sobresaltó y se dio la vuelta. Colocó las palmas sobre su torso, como si tuviera intención de apartarlo.

Él no podía dejarla ir. Aún no.

—¿Es ésta mi recompensa? —preguntó él deslizando las manos hasta su cintura. Inclinó la cabeza—. Enséñemelo.

Sus labios acariciaron entreabiertos los suyos. Mientras la besaba, movía suavemente la mano que tenía en su espalda dibujando tímidas caricias, pero ____________ no se movió. No le devolvió el beso. En vez de eso, se mantuvo rígida, con los labios fuertemente apretados.

Ahora que Tom había decidido sucumbir a la tentación no iba a permitir que ella se resistiera, y sabía que si quería disfrutar de su pasión tenía que hechizarla. Le acarició las mejillas con las yemas de los dedos y le lamió lentamente los labios, de un lado a otro, una y otra vez, obligándola a suspirar.

La boca de ella tembló con la suave caricia de su lengua, pero aún no estaba dispuesta a rendirse.

—___________, ____________, bésame. Te lo pido por favor.

—Yo… —empezó a decir ella, al hacerlo, abrió sus labios entre los suyos. Tom aprovechó para besarla profundamente, introduciendo su lengua al notar cómo ella se relajaba. Bajó las manos hasta su cintura y se apretó contra ella al tiempo que daba un paso adelante haciéndola retroceder hasta llegar a la pared. Los dedos de ____________ se agarraban a su camisa: tiraba de la tela atrayéndolo hacia ella. La boca de ella contra la de él, su lengua buscando la suya. Un silencioso permiso. Él buscó sus manos y entrelazó los dedos con los de ella, así cogidos, respirando el uno la esencia del otro, poco a poco ella se fue relajando en su abrazo hasta rendirse a él.

Tom le soltó las manos y le rodeó la cintura. Empezó a acariciarle las costillas. Gracias a Dios no le había hecho caso en lo de llevar corsé; lo último que querría ahora sería ese tipo de impedimento. Fue subiendo hasta llegar a sus redondos pechos y notó cómo se endurecían bajo sus manos. Sólo dos capas de ropa separaban la cordura de la locura.

«Me detendré —le prometió a ella en silencio—. Lo juro.»

Dejó de besarla y, mientras le acariciaba los pechos, dibujó un camino de besos a lo largo de su mandíbula. Las suaves curvas de ella le quemaban dondequiera que le tocaran. Sus caderas se movían ansiosas contra sus muslos y oleadas de placer inundaban todo su cuerpo.

Quería tumbarla en el suelo y sentir cómo esas caderas ondulaban bajo las suyas, quería notar sus largas piernas alrededor. Quería oírle pronunciar su nombre, una y otra vez, mientras le hacía el amor. Él no podía llegar tan lejos, no podía, pero tenía que besarla un poco más antes de dejarla ir.


Chan..chan...chan... ooo el segundo beso Chicas.. y es de seguro mas apasionado que el primero....ustedes creen que Tom se detendra?? sera capaz?? o mejor dicho TN querra que Tom pare?

Ya quiero ver que cara ponen jajajaja espero les guste el capi...
se me cuidan
Las Quiero

Bye =)

martes, 5 de marzo de 2013

"CAPITULO 28"




Miraba la pintura y, pensando en Tom, se acarició los labios con los dedos, como él había hecho. Cerró los ojos y se imaginó que la besaba, que la acariciaba y mucho más.

El ruido de la puerta al abrirse la sobresaltó y la obligó a despertarse de ese sueño tan maravilloso. Vio cómo Tom entraba en la antika y se dirigía al almacén. Al verla allí se detuvo y, tras un breve instante, cerró la puerta y se encaminó hacia ____________.

Ella se dio cuenta de lo descuidada que había sido al dejarse la puerta del almacén abierta, ahora ya no podía esconder las piezas.

—Buenos días —le dijo, intentando disimular—. Veo que ya ha vuelto.

—Anoche —respondió él.

Cruzó la habitación y, cuando se paró ante ella, ___________ sintió como si tuviera miles de mariposas en el estómago.

Carraspeó e intentó ocultar el fresco con su cuerpo.

—¿Ha tenido un viaje agradable? —Rezó por no sonrojarse.

Él se movió un poco hacia un lado y en su boca se dibujó su picara sonrisa ladeada.

—Se suponía que usted no tenía que ver esto —dijo, mirándola directamente a los ojos—. El señor Bennington fue tajante al respecto.

—Sí, estoy convencida de ello —contestó ella mirando el mentón de Tom—. Pero yo soy una restauradora profesional.

—Creo que el señor Bennington pensaba en usted como en una joven dama, y no como en una restauradora.

—He visto docenas como éste en varias ocasiones —susurró. Que Dios la ayudara. No podía dejar de pensar en el hombre que tenía delante y en cómo quería que la tocara igual que en la sensual pintura.

—Excelente —comentó él y, antes de que ella se diera cuenta, le dio la vuelta y la colocó de cara al fresco—. Me gustaría oír su opinión sobre éste, señorita Wade.

__________ miró la imagen, incapaz de razonar y totalmente desbordada de deseo. Él se había colocado tras ella. Sintió que le empezaba a arder la piel, y que las rodillas ya no la sostenían.

—¿Qué opina de la técnica del artista? —le susurró al oído—. ¿Cree que sólo tiene interés histórico o cree que podría tener valor artístico?

Ella se sonrojó e intentó apartarse, pero él le colocó las manos sobre los hombros y se lo impidió.

—Vamos, señorita Wade, deme su opinión. ¿Estamos ante la representación de unos dioses o son simplemente un hombre y una mujer haciendo el amor? —Él se apretó contra su espalda—. Hágame un análisis intelectual. Yo lo encuentro bastante erótico, pero me imagino que a usted no le afectan este tipo de cosas.

Esas palabras la encendieron como si hubieran arrojado licor sobre una llama ardiendo.

—¿Por qué cree que no me afecta la sensualidad de este fresco? —preguntó ella intentando darse otra vez la vuelta, pero él la tenía bien sujeta y de nuevo se lo impidió—. ¿Cree que soy tan fría? ¿Cree que no tengo sentimientos?

—No puede culparme —susurró él en su oído—. Es muy hábil escondiendo sus sentimientos, señorita Wade.

Ella respiró hondo y se abrazó a sí misma para controlar sus temblores.

—Pero los tengo. Tengo los mismos deseos y los mismos sueños que cualquier mujer. ¿Cómo puede pensar que no es así?

—Quizá sea porque no quiso besarme —murmuró, y le rozó la oreja con los labios—. Yo lo deseaba, deseaba con todas mis fuerzas que me besara, pero no lo hizo. Y como ya le dije, yo soy un caballero, y como tal, no me está permitido besarla.

Al ver que ella no contestaba, él se apartó y separó las manos de sus hombros.

—Me ha distraído de nuestra conversación, señorita Wade —dijo él, y la rozó al señalar los frescos—. ¿Cree que este color rojo del fondo se logra con ocre o con cochinilla?

Ella miraba cómo él acariciaba con los dedos una de las piezas.

—Ocre —suspiró—. ¿Yo estoy atormentándole con la promesa de un beso?

—Profundamente. Pero hizo bien al recordarme que los amigos no se aprovechan de situaciones como aquélla. Es lo que hubiera hecho cualquier joven dama.

Ella miró al hombre y a la mujer que aparecían en el fresco.

—Supongo que sí —susurró—, pero ¿qué cree que habría hecho Cleopatra?

Hubo un largo silencio y, tras lo que pareció una eternidad, él bajó la cabeza y le susurró al oído.

—¿Por qué, señorita Wade? —murmuró—. ¿Han cambiado las cosas? ¿Me está pidiendo que la bese?

—No, no se lo estoy pidiendo.

—Me ha parecido que sí, la habré malinterpretado. —Se acercó al fresco para reseguir la forma de la mujer y, al hacerlo, rozó de nuevo a __________—. Este dibujo es especialmente bueno. ¿No está de acuerdo?

—No sabía que una mujer tuviera que pedirle a un hombre que la besara.

Aguantó la respiración y esperó ansiosa su respuesta mientras el dedo de él se deslizaba arriba y abajo de la mujer pintada.

—Y no es así, a no ser que ese hombre ya haya intentado besarla y haya sido rechazado. Entonces, la mujer tiene que dar el siguiente paso. —Apartó el dedo y avanzó hacia ella—. Si quiere que la bese, señorita Wade, sólo tiene que pedírmelo, alto y claro.

En realidad ya no estaba enamorada de él, ni tampoco le importaba lo que pensara de ella. Seguro que, habiendo besado a tantas mujeres, sería un gran experto. Odiaría que su primer beso fuera decepcionante.

Ella era consciente que entre ellos no había nada más que un juego. Un juego al que él ahora le estaba dando entrada, y ___________ la aceptó.

Tomó aire y se volvió para mirarlo de frente. Se apoyó en la estantería que había tras ella, levantó la barbilla y lo miró a los ojos.

—Me gustaría mucho que me besara —le dijo con una tranquilidad que no sentía en absoluto.

Apretó los puños y su cuerpo se tensó ansioso, esperando su respuesta. Vio cómo él empezaba a sonreír, cómo le brillaban los ojos.

—Eso ha sido bastante claro.

Dio un paso hacia ella y el corazón de ___________ empezó a latir con la fuerza de un tambor somalí cuando él le quitó las gafas y las dejó en la estantería.

Él le acarició la mejilla y acercó su boca a la suya. Ella sintió una extraña sensación en el estómago, como si acabara de saltar por un precipicio. Sus labios se juntaron.

Nunca en toda su vida había experimentado algo tan especial, tan dulce como aquello. Era como si tuviera miles de mariposas aleteando por todo su cuerpo.

En ese momento se sentía viva, tenía todos los sentidos a flor de piel, quería concentrarse en cada caricia, en cada beso hasta que nada más importara. El resto del mundo desapareció en un instante.

Ella absorbió su aroma a jabón de limón junto con su sabor. Se fue sintiendo menos tensa, y abrió los puños para poder tocarle. Quería notar sus fuertes músculos contra sus palmas, su respiración, el latido de su corazón.

Él le cogió la barbilla y, al acariciarle la mejilla, ella notó que tenía una callosidad en el dedo índice. Con el otro brazo la rodeó por la cintura y la levantó, para tenerla así más cerca, para sentir todo su cuerpo contra el suyo. Le separó los labios con los suyos de un modo sensual, bebiendo de ella completamente y ofreciéndose por entero. Oh, ¿cómo podía algo tan simple dar tanto placer?

___________ le rodeó el cuello con los brazos y se aferró a él. La invadía una sensación que nunca antes había sentido pero extrañamente familiar. Sí, su cuerpo parecía decirle que era de aquello de lo que escribían los poetas y pintaban los artistas; de aquella necesidad, del placer que le causaba sentir su cuerpo tan cerca del suyo.

Ella le acarició el pelo y se apretó contra él, rodeándolo con la pierna en un intento de sentirlo aún más cerca. Era como si su cuerpo supiera exactamente lo que tenía que hacer, aunque su cerebro no tuviera ni idea. Frotó la pierna de Tom con su pie, y él emitió un sonido de placer que se entremezcló con el suyo.

Con una brusquedad que la sorprendió, él se apartó de repente y, con la respiración entrecortada, finalizó el beso. Aflojó un poco el abrazo y empezó a soltarla. Ella no tuvo más remedio que bajar la pierna y apoyarse en el suelo de nuevo.

Acariciándole todavía la cara, bajó la cabeza hasta apoyar su frente contra la de ella.

—¿Se da cuenta —preguntó, mirándola directamente a los ojos y aún con la respiración acelerada— del poder que tiene sobre mí cuando decide utilizarlo?

Se daba cuenta. Ella que había malvivido por todo el mundo siguiendo a su padre, que se había resignado a no tener nada ni a nadie en la vida, que había adorado a un hombre que la ignoraba, ella tenía ahora poder, y lo tenía sobre ese hombre.

De repente, la corriente y predecible __________ se sentía tan seductora y misteriosa como Cleopatra, y una gran alegría floreció en su interior.

—Gracias —susurró— por hacer que mi primer beso haya sido uno de los mejores momentos de mi vida.

—Es un gran cumplido, pero creo que debería soltarla ahora que aún me siento capaz de hacerlo. —Apartó la mano de su mejilla y dio varios pasos atrás—. Me siento muy honrado de que me hayas escogido a mí para tu primer beso, __________ —dijo en voz baja.

____________ vio entonces cómo abandonaba la seriedad y aparecía en su cara la picara expresión de nuevo.

—A cambio de darle uno de los mejores momentos de su vida, ¿se quedará un mes más?


CHICAS.... la verdad lo siento por no haber subido en estos días.. pero en la casa de mi tia.. era casi imposible entrar a mi notebook.. ya que saliamos a varias partes.. y no me dejaban tranquila.. pero lo pase excelente en mis vacaciones.. lo bueno es que me queda esta ultima semana libre.. y que el lunes entro a trabajar.... asi que volvere a subir todos los dias.. porque no se si pueda subirles capis todos los dias esta semana, ya que estoy viendo el tema de mis estudios.. y justo ahora me tengo que ir al instituto... pero tratare de subirles capi mañana....

y por finnnn el esperado beso que ustedes querias jajaja =).. ustedes creen que Tn se quede mas tiempo??

Cuidence
Las Quiero
Bye =D