Mi Amor Platonico

Mi Amor Platonico
Y el amor roto, cuando vuelve a nacer, crece
más bello que el primero, más fuerte, más grande.


lunes, 11 de febrero de 2013

"CAPITULO 16"




El desalojo de campesinos era siempre un asunto delicado. Muchos nobles dejaban esa tarea en manos de sus secretarios, pero para Tom eso era de cobardes y, por muy desagradable que fuera el asunto, prefería hacerse cargo personalmente.

—El hombre está enfermo. —Miró a su secretario, que estaba frente a él al otro lado del escritorio—. Me niego a creer que no haya otra opción.

El señor Cox sólo llevaba seis meses trabajando para Tom y aún no conocía todas las excentricidades de su patrón, pero sí sabía que el duque valoraba la sinceridad por encima de todo, así que respondió sin rodeos:

—Su señoría ya le ha permitido estar un año sin pagar las rentas. Hace un año que no trabaja y, como está en cama, tampoco podrá cosechar nada esta temporada. Si permite que él y su familia se queden, creará un precedente.

—Señor Cox —le interrumpió impaciente Tom—, estando tan enfermo tampoco podrá alimentar a su media docena de hijos. No voy a echarle de su casa habiendo otras opciones.

Cox, como buen secretario, le miró resignado.

—¿Qué desea que haga?

—Su mujer tiene salud. Dígale a la señora Pendergast que encuentre un trabajo para ella y para su hija mayor en la lavandería. Trabajarán allí mientras él esté enfermo. Encárguese también de buscar a algún vecino que se haga cargo de sus otros hijos pequeños. Con eso bastará para pagar las rentas.

—Señor, el sueldo de una lavandera no cubre…

—Ésas son mis órdenes, señor Cox. Llévelas a cabo. Si dentro de quince días él sigue enfermo, quiero que sus vecinos recojan su cosecha para que no se estropee. Como paga les daré licor, seguro que así estarán más dispuestos a colaborar.

—Muy bien, señor.

Cox se levantó y se fue. Tom se relajó, esperaba no volver a tener que hablar de desalojos hasta el año siguiente. Miró por la ventana y vio que estaba lloviendo. Una lluvia como ésa causaba estragos en las excavaciones. Entonces se acordó de cuando la señorita Wade lanzó la espátula maldiciendo el fango inglés y le entraron ganas de reír. No era nada propio de ella, pero tal como le había dicho, no era la mujer tímida que él había imaginado. En realidad, estaba resultando ser bastante más impredecible que eso.

Caminó hacia la ventana para observar el exterior, y lo que vio le confirmó lo que estaba pensando. Allí, de pie bajo la lluvia, sin sombrero y sin chubasquero estaba la señorita Wade, con la cabeza hacia atrás con toda la lluvia cayéndole encima.

¿Qué estaba haciendo fuera con aquel tiempo? Agosto había sido un mes cálido, pero en septiembre las temperaturas ya habían bajado considerablemente. Si se quedaba bajo semejante lluvia mucho más rato cogería un resfriado.

Tom se apartó de la ventana y salió de su despacho. Algunos minutos más tarde, ya vestía un impermeable y, como haría cualquier persona sensata, cogió un paraguas y fue a buscarla.

Ella seguía en el mismo sitio en que la había visto desde su despacho. Delante de una fuente, entre dos macizos de flores y con la cabeza hacia atrás. No llevaba las gafas y tenía los ojos cerrados. Estaba completamente quieta, con los brazos abiertos, concentrada en sentir cómo la lluvia caía sobre su cara.

—¿Qué está haciendo aquí fuera, señorita Wade? —preguntó.

Al oír su voz ella abrió los ojos y lo miró.

—Hola. ¿Quiere acompañarme?

—Dios, no. He venido a buscarla.

Se acercó más a ella y, con el paraguas, los cubrió a ambos. Estaba desconcertado por la sonrisa de ella. No había nada de divertido en estar empapado por la lluvia de una fría tarde de otoño.

—¿Pasa algo? —preguntó ella.

Él no tuvo más remedio que señalarle lo evidente.

—Está lloviendo y usted está aquí fuera, mojándose.

—Ya lo sé —admitió ella, y luego, ante la sorpresa de Tom, empezó a reír—. ¿No es maravilloso?

—Creo que se ha vuelto loca, señorita Wade. Es lo único que se me ocurre para justificar su comportamiento. —La cogió del brazo para intentar llevarla a la casa.

—No, no —se opuso ella, soltándose—. No me he vuelto loca, se lo aseguro. Sólo quiero quedarme aquí fuera un poco más.

—No lo dirá en serio.

Ella afirmó con la cabeza y dio un paso atrás para salir así de la protección del paraguas.

—Lo digo totalmente en serio —le contestó mientras se mojaba. Tenía la ropa empapada y el pelo se le pegaba a la cara—. Me encanta la lluvia. ¿A usted no?

—No, a mí no. Y a usted tampoco. ¿No se acuerda de que ayer mismo estaba maldiciendo el barro inglés?

Ella rió.

—Es la verdad. Odio el fango porque dificulta mi trabajo, pero aun así me encanta la lluvia. Ya veo que no lo entiende.

—Tiene razón, no lo entiendo. Entre en la casa o cogerá un resfriado.

Él volvió a acercarse para intentar que así el paraguas la protegiera, pero ella estaba decidida a quedarse bajo el chaparrón, negando con la cabeza y retrocediendo cada vez que él daba un paso hacia ella.

—De verdad, gracias por preocuparse por mí, pero no quiero entrar, aún no.

Él seguía mirándola serio, así que ___________ dejó de reír y aceptó la protección de su paraguas.

—Usted no lo entiende —le dijo—. He pasado la mayor parte de mi vida en desiertos. Sólo salía de ellos un par de meses al año para descansar en Nápoles o en Roma. ¿Sabe lo que es pasar nueve meses de inacabable calor y sequedad?

Él se cambió el paraguas de mano y contestó:

—No, nunca he estado en un desierto.

—El verano es tan caluroso que cuesta respirar. Si se mira al horizonte se puede ver cómo se mueve el aire caliente, y el calor reseca tanto la piel que ésta se tensa sobre los huesos hasta doler. —Cerró los ojos y, con los dedos mojados, se acarició las mejillas—. Sientes cómo tu propio sudor convierte en fango el polvo que se ha depositado en tus mejillas. La boca se te seca y todo el rato te humedeces los labios, aunque no sirva de nada, pues ya están secos y agrietados.

Tom bajó la vista hasta su boca. Estaba hipnotizado viendo cómo ella se pasaba los dedos de un extremo al otro de sus húmedos y entreabiertos labios. Quizá habían estado agrietados en el desierto, pero ahora parecían extremadamente suaves.

El deseo lo golpeó con tal fuerza que no podía ni moverse.

—El viento levanta la arena —continuó ella, mientras se deslizaba los dedos por las mejillas y el mentón hasta llegar a la garganta.

Él tenía la garganta tan seca como el desierto que ella describía.

—La arena vuela en todas direcciones y te araña la piel como una lija. Toda la ropa tiene que estar teñida de colores que disimulen la suciedad. Hay poca agua, así que sólo te puedes bañar un día a la semana, y ni siquiera es un baño completo, sino un barreño de agua y, si la caravana de suministros ha pasado por allí, un poco de jabón y una esponja.

Él quería decir algo, cualquier cosa, pero cometió el error de bajar la vista. En ese momento, cualquier pensamiento coherente desapareció de su mente. Por primera vez, ella no llevaba delantal y, con la lluvia, el vestido se le había pegado completamente al cuerpo. Se le marcaban todas las curvas y el algodón mojado parecía casi transparente. Por suerte, la muchacha no era consciente de la imagen que ofrecía: la perfecta redondez de sus pechos dibujada bajo el vestido, su estrecha cintura, sus caderas insinuantes, la forma en que la ropa se pegaba a su entrepierna. Y sus piernas. Dios, eran interminables.

«Es la señorita Wade —se recordó a sí mismo—, no una diosa, aunque su cuerpo indique todo lo contrario.» Ni en un millón de años habría podido imaginar que aquel cuerpo tan seductor se escondiera bajo aquellos horribles delantales.

Tom apartó la vista de su escandalosa y empapada figura y se concentró en la estatua que había en lo alto de la fuente que quedaba tras ___________. Un sátiro. «Qué apropiado», pensó, mientras intentaba apagar el deseo que había inundado todo su cuerpo.

Ella trabajaba para él, y había reglas para esas cosas. Volvió a mirarla e intentó concentrarse en sus palabras.

—En cuanto tengo oportunidad, salgo a caminar bajo la lluvia. Me encanta. Aquí en Inglaterra es especialmente agradable, cae suave y hace que los jardines sean preciosos. El primer día que me desperté en esta casa, el pasado marzo, salí a pasear por la finca, quería conocer el olor de la hierba mojada. Fue maravilloso. —Suspiró profundamente—. Oh, no puede ni imaginarse lo que es estar aquí cuando se ha vivido en climas secos y calientes toda la vida.

Tom no podía ordenar sus pensamientos de forma coherente. En algún lugar de su mente entendía lo que ella estaba diciendo, e intentó imaginarse lo duro que debía de ser vivir así, especialmente para una mujer. También sintió cierta rabia hacia su padre, ¿cómo pudo un hombre honorable obligar a su hija a vivir en esas circunstancias? Pero aparte de eso, Tom era incapaz de concentrarse. Delante de él tenía a una mujer a la que nunca antes había visto, una mujer cuyo cuerpo era un tesoro oculto, y cuyos ojos eran del mismo color que las lilas que florecían en los macizos que había tras ella. Una mujer a la que le gustaba el aroma de la hierba mojada, y cuyo inocente placer de mojarse bajo la lluvia había demostrado ser para él más erótico que cualquier afrodisíaco.

Haciendo acopio de toda su disciplina, Tom apretó la mandíbula e intentó recordarse cuál era su posición y la de ella.

—Dígame, ¿va a convertirse esto en una costumbre?

Ella parpadeó, no sabía si lo había hecho porque él la había asustado con su tono de voz o porque el agua se le metía en los ojos.

—¿A qué se refiere? —preguntó ella—. ¿A permanecer bajo la lluvia?

—A perder el tiempo divirtiéndose en lugar de estar trabajando. No quiero tener que recordarle que le pago muy bien, extremadamente bien, como para eso.

—¿Qué es lo que lo ha puesto de mal humor? —le preguntó ella con un poco de aspereza, pero antes de que él pudiera contestar, levantó la mano para callarle—. No importa, no quiero saberlo.

—No —dijo él con una voz que sonó extraña incluso a sus propios oídos—, mejor que no lo sepa.

—Pero ya que usted ha preguntado por mi trabajo —continuó __________—, déjeme decirle que estaba trabajando cuando ha empezado a llover. Estaba en la biblioteca, tratando de averiguar algo sobre unos fragmentos de cerámica, pero no he podido resistir la tentación de…

—De mojarse —la interrumpió él—. Ya lo sé.

Entonces la miró y vio que eso también había sido un error, porque no pudo evitar el impulso de apartarle de la cara un empapado mechón de pelo. Sintió bajo sus dedos la tibia piel de sus mejillas. Se preguntó cómo una mujer que había vivido tantos años en el desierto podía tener una piel tan tersa y suave. Le acarició los labios igual que ella había hecho antes. Parecían terciopelo.

___________ también le miraba, pero en sus ojos abiertos no sólo había sorpresa, sino algo más; algo similar a lo que él mismo estaba sintiendo. Sí, el deseo también estaba presente en su mirada, en el modo en que su entrecortada respiración acariciaba sus dedos. Era el deseo lo que la paralizaba y ponía tensa, como un cervatillo a punto de escaparse. Seguro que si deslizaba su mano, sentiría cómo el corazón de ella latía tan rápido como el suyo.

Empezó a hacerlo, pero de golpe retiró la mano.

—Vamos adentro —dijo—, está empapada y podría coger un resfriado. Conozco este clima mejor que usted y no voy a permitir que se ponga enferma cuando hay tanto trabajo por hacer.

Tom se sintió aliviado al ver que ella no discutía su orden. Bajo el paraguas, la acompañó hasta la casa. Una vez dentro, entregó el empapado paraguas y a la empapada señorita Wade a una sorprendida señora Pendergast, a quien ordenó:

—Prepare un baño caliente y una copa de brandy para la señorita Wade. —A continuación, se volvió hacia __________ y dijo—: La próxima vez que quiera quitarse de encima el recuerdo del desierto, tome un baño dentro de casa, por favor. Espero que esto no le impida asistir a la cena de esta noche.

—Por supuesto que no —contestó ella intentando mantener cierta dignidad a pesar de estar chorreando y formando charcos en el suelo.

—Bien. Entonces la veré esta noche.

Tom se dio la vuelta y, sin una palabra más, regresó a su despacho. Se decía a sí mismo que __________ Wade era su empleada, una mujer inocente pero también hermosa. Una mujer a quien nunca había prestado atención y a la que nunca, nunca había deseado. Hasta ese momento.


Ahora, si pensaba en ella con aquel empapado vestido beige, no podía controlar el fuerte y ardiente deseo que se apoderaba de todo su cuerpo. Ni tampoco podía dejar de ver la cara del sátiro burlándose de él.


CHICAS... aqui con un nuevo capi... perdon por no haber subido el sabado... trate..pero no tuve tiempo, ya que en la mañana tuve que cuidar a una amiga de la familia.. y en la tarde ayude a mi papá a pintar nuestro auto.. asi que la tarde se me paso rapidisima... y en la noche estaba tan cansada que me quede dormida de inmediato.. y no pude entrar en todo el fin de semana al blog... pero por eso les subo  un capi medio largo el dia de hoy...
Tambien tengo que informales que el viernes salgo de vacaciones por fin.. asi que voy a estar fuera del trabajo por 3 semanas.. pero me voy al sur.... donde mi abuela.. y haya no tiene internet... y si me voy al campo.. menos señal tengo.. asi que no sabria decirles si desde el 18-02-2013 al 8-03-2013 podre subir capi... les prometo que cuando tenga señal tratare de subirles algun capi.. pero para que esten informadas... habras varios dias en que no pueda subir.. lo siento.. pero la verdad es que necesito mis vacaciones para olvidarme del trabajo un tiempo ajjaja xd

Se me cuidan
Bye =D

viernes, 8 de febrero de 2013

"CAPITULO 15"




A pesar de lo mucho que a __________ le gustaba el húmedo clima inglés, tenía que reconocer que para su trabajo era un problema, especialmente cuando se trataba de restaurar un fresco. En los desiertos de África, Palestina y Mesopotamia bastaba con retirar la arena y las imágenes reaparecían intactas, con toda su belleza, pero en Inglaterra la humedad lo hacía todo más complicado.

El lodo cubría todo el fresco y, a causa de haber permanecido seiscientos años bajo aquella tierra húmeda, la pintura se había degradado tanto que para __________ era casi imposible distinguir ninguna imagen. Encontrar el color que más se parecía al original e intentar dibujar los fragmentos que faltaban era un trabajo exasperante, aunque algunos días lo era más que otros. Aquél era uno de esos días.

Reunió todos los fragmentos del fresco que los trabajadores habían descubierto hasta el momento y los clasificó por grupos según las imágenes que se representaban en ellos. Luego, con la ayuda de una pequeña espátula, empezó a juntar las piezas como si fuera un puzle. Igual que en el suelo que había reparado el día anterior, a medida que lo restauraba iba apareciendo la figura de Venus.

No estaba acostumbrada a trabajar con un material tan delicado; las piezas se rompían fácilmente, así que debía poner en ello toda su atención. El problema era que, una y otra vez, se distraía recordando lo que había pasado unas noches atrás, y la conversación que Tom y ella habían mantenido en la biblioteca.

__________ no podía dejar de pensar en lo que había dicho sobre haber conocido a alguien perdidamente enamorado y cuyo final había sido trágico. Se preguntaba de quién estaría hablando. ¿De sí mismo tal vez? eso explicaría su actitud tan cínica, fría y calculadora frente al matrimonio. Tenía que concentrarse. A ella no le importaba nada lo que él pensara del matrimonio ni con quién fuera a casarse.

Desde esa noche en la biblioteca, cada vez que él le pedía algo añadía «por favor», y cuando ella finalizaba la tarea que fuera, le daba siempre las gracias. A menudo charlaba con ella de cosas sin importancia, como el clima, y de cómo las cálidas temperaturas debían de ser mejores para su trabajo. A veces le comentaba las noticias del día, haciendo especial hincapié en el exceso de institutrices que inundaban Inglaterra o lo aburridísima que era la vida social de Londres. Incluso había ordenado que cada hora una sirvienta fuera a la antika a preguntarle si quería una taza de té, y a menudo mandaba allí a trabajadores para ver si necesitaba algún tipo de ayuda.

Como si nada de eso pudiera convencerla de que se quedara. Al comprobar que con el dinero no iba a lograrlo, ahora el duque intentaba demostrarle que era capaz de ser encantador y considerado.

Ella hizo una mueca de desdén. Él no era considerado. Era egoísta, altivo, y no tenía en absoluto en cuenta los sentimientos de los demás. Aparte era frío, tan frío que, de un modo calculado, había escogido casarse con una mujer de la que nunca pudiera enamorarse.

Sin embargo, a pesar de todos esos defectos, ella había creído estar enamorada de él. ¿Por qué? ___________ dejó de trabajar y miró al infinito pensando en ello. ¿Qué había visto en él que la había cautivado?

Se acordó de Cleopatra y se dio cuenta que no sólo las mujeres pueden tener ese algo que las convierte en mágicas y fascinantes. Tom también lo tenía.

Pensó en todas las veces que él la había mirado como si fuera especial, como si, por un instante, para él únicamente existiera ella en el mundo. Pero era sólo por un instante, solamente cuando él quería algo de ella. Cuando necesitaba que hiciera algo difícil y en poco tiempo, había recurrido a esa sonrisa para que ella no pudiera negarse. Una vez había obtenido lo que quería, se iba, llevándose con él la magia, sin darle las gracias por haberse pasado miles de horas trabajando.

Ahora sabía que todas esas veces que la había mirado de ese modo especial ni siquiera la habrá visto. Sólo la había utilizado para alcanzar sus fines. Y, a pesar de todo ello, cuando el otro día le pidió que se quedara, durante un segundo estuvo tentada de aceptar y complacerle.

Sí, él tenía esa inexplicable alquimia que lograba que una sirvienta fuera a buscar mantequilla fresca a las dos de la mañana sin enfadarse, que a la señora Bennington se le acelerara la respiración sólo por estar hablando con él sobre el mal estado del camino, y que la vulgar y corriente ___________ Wade se sintiera una de las mujeres más bellas del mundo. Pero no era real.

Respiró hondo y reanudó su trabajo. Por suerte, ahora ya lo conocía, y esa magia ya no podía afectarle.

____________ cogió otra pieza y, con la espátula, empezó a esparcir sobre ella un poco de cemento, La presión debió de ser demasiado fuerte, y la ya delicada pieza se partió en dos entre sus manos. Era la cuarta vez que le pasaba eso, cuatro fragmentos únicos e irreemplazables se habían convertido en polvo y escurrido entre sus dedos.

—¡Oh, maldito fango ingles! ¡Destruye todo lo que toca! —gritó y, exasperada, lanzó la espátula con fuerza. El ruido que hizo al caer fue acompañado de un silbido, y cuando ___________ se dio la vuelta vio a Tom de pie en el umbral de la antika.

—Vigile dónde lanza las cosas, señorita Wade —dijo, y se agachó para recoger la espátula.

—¿Le he dado?

—No —contestó—, pero ha estado cerca.

___________ le miró mientras se aproximaba a ella. Sabía que aún no había ido a visitar al señor Bennington a la excavación ya que, aunque no llevaba chaqueta ni corbata, su camisa era de un blanco inmaculado, sin una pizca de polvo ni de suciedad. __________ se alegró de que la llevara puesta.

Desvió la mirada.

—Me alegra no haberle lastimado —dijo, mientras él se colocaba justo a su lado.

—¿Por qué estaba maldiciendo el fango de Inglaterra? —Colocó la espátula en la mesa, al lado del bol con el preparado de cemento.

___________ tomó aliento y, al hacerlo, inhaló su aroma mezclado con un poco de esencia de limón. Se estaba poniendo nerviosa y no sabía qué hacer. ¿Era realmente necesario que estuviera tan cerca de ella?

—No es nada —contestó, y volvió a coger la espátula—. Es sólo que hoy estoy de mal humor.

—¿De mal humor? Debo de estar soñando.

Ella cogió un poco de cemento.

—No sé a qué se refiere —dijo, y empezó a repartir la pasta por encima de una pieza de las que había escogido antes.

—En estos últimos días me he sentido perdido, como si estuviera en un sueño extraño —explicó, y se apartó de ella.

__________ se sintió aliviada de que se alejara, pero aún notaba su mirada fija en ella mientras se colocaba justo enfrente de su mesa.

—Usted no es para nada como me la imaginaba —prosiguió él—, y la verdad es que me tiene muy desconcertado.

___________ juntó las dos piezas del fresco y no contestó. Mientras esperaba a que el cemento se secara, levantó la vista y vio cómo Tom se arremangaba las mangas de la camisa. A medida que el blanco lino desaparecía, ella observaba sus marcados antebrazos y cómo iba apareciendo su piel. Empezó a tener calor y a recordar la imagen de Tom sin camisa, pero luchó por concentrarse en lo que él le estaba diciendo.

—Creo que todos los prejuicios que tenía de usted se están desmoronando. Uno a uno.

Ella era humana, no una máquina, así que no pudo evitar preguntar.

—¿Y qué prejuicios eran ésos?

Tan pronto como lo hubo dicho, deseó poder retirar aquellas palabras. No se veía capaz de oír otra vez falsos halagos destinados a convencerla de que se quedara. Miró de nuevo las piezas que tenía en la mano e intentó reconciliar la conversación hacia un tema más seguro.

—Olvídelo. No quiero saberlo.

—Se lo diré de todos modos. Creía que usted era una joven tímida y maleable, dispuesta a hacer todo lo que yo le pidiera y cuando se lo pidiera.

«También pensaba que era como un insecto pegado a una hoja.» __________ no se atrevió a hacer ese comentario en voz alta, aunque una parte de ella quería provocar que se sintiera culpable de todo lo que había dicho ese día.

—Pues estaba equivocado.

—Ya lo veo —admitió él—. Ahora me doy cuenta de que no es ni tímida ni maleable. De hecho, señorita Wade, tiene bastante carácter. No tiene reparos en lanzar objetos a través de la habitación cuando está enfadada, y tampoco teme decir lo que piensa. Tras cinco meses de una actitud serena y complaciente, hace sólo unos días expresó usted con bastante elocuencia lo que piensa de mí. Comprenderá que me sienta desconcertado y que me pregunte la razón de esos cambios.

Todo su cuerpo se tensó al oír esas palabras, pero se juró que nunca le diría la verdad. Sería demasiado vergonzoso. Respiró hondo y contestó.

—No sé lo que me pasó el otro día. No acostumbro a ser tan brusca.

—Acepto sus disculpas.

___________ levantó la barbilla y se dio cuenta que él le estaba sonriendo, poniendo en marcha su magia.

—No me estaba disculpando —replicó ella enfática—. Nunca me disculpo si, tras haber sido provocada, doy mi sincera opinión.

Tom apoyó las manos en la mesa y se acercó un poco más a ella. Aunque no había una sonrisa en sus labios sí que parecía que sus ojos le estuvieran sonriendo.

—Señorita Wade, ¿no sabe darse cuenta de cuándo le están tomando el pelo?

—¿Me estaba tomando el pelo?

—Eso me temo.

Ella no quería que él le tomara el pelo. Eso hacía que bajara la guardia y que le fuera mucho más difícil odiarle. Seguro que él lo sabía.

—¿Le gusta tomarle el pelo a la gente?

—Por ahora, me gusta tomarle el pelo a usted. Le confieso que lo encuentro… fascinante. Debo hacerlo más a menudo. —Retrocedió y se apartó de la mesa. Con las manos tras la espalda propuso—: Cene conmigo mañana, señorita Wade.

—¿Es una invitación o una orden?

—Una invitación.

Ella se sentía atrapada y apartó la mirada. No quería cenar con él, no quería conocerle mejor.


—No creo que sea apropiado.

—Invitaré también al señor y a la señora Bennington. —Aunque su semblante estaba serio, en sus ojos se mantenía aún la sonrisa de antes—. Para persuadirla estoy incluso dispuesto a pedírselo por favor.

__________ no quería que la persuadiera, pero tal como él había señalado la semana anterior, si mantenían una relación cordial, el tiempo que estuvieran juntos resultaría mucho más agradable.

—De acuerdo, acepto su invitación.

—Excelente, señorita Wade. Si seguimos así, puede incluso que nos hagamos amigos.

____________ volvió a sentirse incómoda.

—Yo no apostaría por eso, señoría.


CHICAS... aqui un nuevo capi..y lo hice mas largo.. ya que no habra otro hasta el proximo lunes jajaja xd... espero que les guste... y ya pronto vendra una cena jajaja
pero no es como ustedes creen.. tendran que esperar....

Las Quiero
Bye =D

jueves, 7 de febrero de 2013

"CAPITULO 14"





—¿Señoría?

Su voz lo devolvió a la realidad y recordó el verdadero motivo de su visita. Se sentó delante de ella y se concentró en buscar un tema de conversación inocuo y amable.

—¿Qué está leyendo? —preguntó finalmente.

—Una biografía de Cleopatra.

—¿De verdad? —Entonces miró el delgado libro rojo que había encima de la mesa. Las letras doradas del título brillaban a la luz de las velas—. Ese estudio sobre su vida es bastante aburrido. Si de verdad quiere entender a Cleopatra, creo que en algún lugar tengo una biografía mucho mejor.

—¿Qué tiene de malo éste?

—No le añade valor histórico y sólo habla de su vida personal.

—Eso es exactamente lo que quiero saber. Ya lo sé todo sobre el valor histórico de su figura. Lo que quiero saber es cómo era ella como mujer.

—Ya veo.

A ella no se le escapó el tono irónico de él, pero se mordió la lengua y desvió la mirada. Pasados unos segundos, volvió a mirarle y dijo:

—Todos hablan de que…, lo que quiero decir es que…, ella no era una mujer hermosa, pero sí tenía cierto… cierto… bueno…

—¿Atractivo sexual? —la ayudó él, y le encantó ver cómo ella se sonrojaba ante sus palabras. Dios, la señorita Wade se había ruborizado. Normalmente se mantenía inalterable, pero tras aquellos últimos dos días, Tom se preguntaba si bajo esa fría apariencia no habría una mujer, después de todo.

—Eso está claro —convino ella intentando sonar seria y académica—. Pero debía de tener algo más. Algo indescriptible. Algo mágico y cautivador.

—¿Es eso lo que usted desea, señorita Wade? —preguntó—. ¿Ser mágica y cautivadora?

De repente, ella se tensó y se sintió incómoda.

—¿Se está burlando de mí? —preguntó en voz baja.

La pregunta le sorprendió, ya que la idea de burlarse de ella ni se le había pasado por la cabeza.

—No —contestó enseguida—. No me estoy burlando de usted. Sencillamente sentía curiosidad.

Ella no le creyó, pero se encogió de hombros como si no tuviera importancia y continuó.

—César sabía que el pueblo no le apoyaría si convertía a Cleopatra en su reina, pero la quería tanto que aun así se casó con ella. Lo asesinaron por culpa de esa pasión.

—No —la corrigió Tom—. César fue asesinado por estúpido. La pasión que sentía por esa mujer sólo fue el catalizador de su muerte.

—Quizá, pero es cierto que lo que sentía por ella era algo muy fuerte. Está bien, fijémonos entonces en Marco Antonio. En la batalla de Actium se jugó todo lo que tenía por recuperar el reino de Cleopatra y poder así conquistarla. ¿Por qué?

—¿Acaso importa? Marco Antonio fue tan estúpido como Cesar. Fueran cuales fueran sus sentimientos, nunca debió librar esa batalla. Fue un suicidio.

—¿Un suicido? Casi ganó.

Antes de que él pudiera responderle alguien interrumpió desde el otro extremo de la habitación.

—Lamento molestarle, señoría, pero el señor Richardson me manda decirle que ya tiene el baño preparado y que su cena estará lista enseguida.

Tom se volvió y vio al lacayo que esperaba su respuesta.

—Sólo tardare un momento.

El sirviente hizo una reverencia, salió de la habitación y Tom volvió a concentrarse en la mujer que estaba sentada frente a él.

—En la guerra, señorita Wade, el hecho de estar a punto de ganar no significa nada. Marco Antonio era un brillante general y debería haberse dado cuenta de que en Actium perdería. Tenía a todo el ejército de Octavio avanzando hacia él. Retirarse era la única opción lógica.

—¿Y qué le hace pensar que la lógica tuviera algo que ver con todo eso? Él la amaba, y el amor no entiende de lógica.

—Muy propio de una mujer poner los sentimientos por encima de la razón —contestó él impaciente.

—Muy propio de un hombre negar el poder del amor.

Él cruzó los brazos y se reclinó en el sofá.

—El amor nunca debería prevalecer sobre la razón.

—A menudo lo hace.

—Con trágicos resultados.

—Quizá para Marco Antonio y Cleopatra —reconoció ella—, pero no siempre es así. Hay quien es muy feliz.

—Esa felicidad dura siempre muy poco.

A ella empezaba a frustrarle su firme convicción de que el amor no valía la pena, y levantó la mirada hacia el cielo en un claro gesto de desesperación.

—¡Oh, por Dios! —exclamó—. Seguro que alguna vez ha visto a alguien enamorarse perdidamente y ser feliz.

Tom recordó entonces la noche en la que encontró a su padre muerto, con cuatro tubos de láudano a su lado.

—Sí —contestó él—, pero tuvo un trágico final. —Entonces se levantó bruscamente. Ya no tenía ganas de seguir hablando—. Deberá perdonarme, se está enfriando el baño. Buenas noches.

Y salió de la habitación sin decir nada más.

Primero Viola, con aquella charla tan extraña sobre el amor, y ahora la señorita Wade. Maldita sea. ¿Por qué las mujeres eran incapaces de entender que el amor no era importante en la vida?


Chicas... aaaaa jaja me alegran sus comentarios =).. y Virgi no te preocupes que entiendo que no puedas comentar =)... lo importante es que lo leas...
Y hoy viendo los comentarios me di cuenta.. de que tal vez alguien le haya acertado en cierta parte.. para lo que venga más adelante pero tendran que esperar jajaja..

Espero esten bien..
Las Quiero

Bye =D

PD: Sorry por lo corto.. mañana subo uno mas largo si puedo....

miércoles, 6 de febrero de 2013

"CAPITULO 13"




A Tom le gustaba llevar una vida tranquila. Siempre que visitaba Tremore Hall se adaptaba a los horarios del campo y cumplía estrictamente con la rutina. Por la mañana paseaba con el señor Cox, el capataz de la finca, y repasaba con él varios temas. Luego se reunía con su secretario, el jardinero, el ama de llaves y otros miembros del servicio para resolver cualquier asunto que hubiera podido surgir. Aun después de cumplir con todas sus obligaciones ducales, podía trabajar varias horas en la excavación. Cenaba a las seis y a las diez se iba a la cama.

Pero desde la dimisión de la señorita Wade, su rutina se había alterado. Estaba indignado, todo le hacía pensar en ella y en la discusión que habían tenido, y en que aún no sabía cómo convencerla para que se quedara.

Se acordó de ella cuando el señor Cox le explicó que había problemas con los nuevos acueductos y sugirió que tal vez la señorita Wade pudiera ayudarles. Después de todo, ella era una experta en acueductos romanos.

Se acordó de ella cuando leyó su correspondencia. Muchas cartas hacían referencia al museo, incluso una de lord Westholme, miembro del Club de Anticuarios y su socio en ese proyecto. Westholme le recordó la expectación que había en torno de la próxima apertura del museo.

Cuando fue a visitar al vicario, tampoco tuvo suerte, ya que éste insistió en hablarle de la historia del hombre rico y el cordero. Tom declinó educadamente su invitación para quedarse a cenar.

La señorita Wade contaba con que él le encontraría un sustituto antes del día uno de diciembre. Pero la verdad era que, aunque pudiera, no tenía ninguna intención de buscarlo.

El museo y la reconstrucción de la villa eran de vital importancia. Él no sólo quería impresionar a los estudiosos, sino que deseaba que todo el mundo pudiera tener acceso a su propia historia. Y eso requería tiempo.

Debía convencer a la señorita Wade de que, como mínimo, se quedara hasta marzo, y si podía ser más, mucho mejor. Si lograba salirse con la suya, ella permanecería allí hasta que la villa estuviera totalmente reconstruida, hasta que todos los mosaicos y todos los frescos estuvieran pintados, y todas las ánforas y todas las joyas estuvieran dibujadas, catalogadas y expuestas en su museo de Londres.

Tom soltó riendas a su caballo. Quería que Desafío galopara mientras él analizaba las diferentes tácticas que podía utilizar para que ella se quedara en Hampshire, durante los siguientes cuatro o cinco años.

«Usted no puede obligarme a que me quede.»

Ah, sí, sí que podía, aunque quizá la señorita Wade era demasiado inocente para creerlo así. Ya se le habían ocurrido varias opciones.

El dinero no la había convencido. Tan pronto como lo intentó se dio cuenta de que eso no la tentaba en absoluto.

Con todo el poder y la influencia que tenía, seguro que podía encontrar algún modo retorcido para lograr sus propósitos, pero no quería seguir ese camino. Al fin y al cabo, era un caballero honrado, y no el hombre despiadado que ella creía.

No, Viola tenía razón. Si quería que la señorita Wade se quedara en Hampshire más le valía maña que fuerza. Cuando llegó a Tremore Hall, sabía exactamente lo que iba a hacer.

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Ya era de noche cuando finalmente llegó a casa. Ordenó la cena y pidió a Richardson que le preparara un baño caliente; luego preguntó por la señorita Wade y averiguó que estaba en la biblioteca.

Estaba acurrucada en uno de los dos sofás de cuero que había junto a la ventana. Estaba leyendo, con los pies escondidos bajo su falda y los zapatos en el suelo. La iluminaba la suave luz del candelabro encendido en la mesita de la esquina.

Tom caminó hacia ella. Sus botas no hicieron ningún ruido al pisar la mullida alfombra turca. Nunca la había visto tan tarde y se sorprendió al ver que no llevaba el pelo recogido en aquel odioso moño. En lugar de eso, se había hecho una gruesa trenza, que, resplandeciente, descansaba sobre su hombro.

Estaba tan absorta en su lectura que ni siquiera levantó la vista cuando se le acercó, hecho que a él le irritó sobremanera. Era imposible que no se diera cuenta de que estaba parado frente a ella.

Tom esperó unos segundos a que detectara su presencia, pero no lo hizo, así que se cansó. Nunca había sido un hombre paciente, de modo que carraspeó.

—Me gustaría hablar con usted un momento. —Al ver que ella no respondía, añadió—: Por favor.

Ella seguía leyendo.

—Nuestro acuerdo no contemplaba que trabajara de noche. Dado que ahora es de noche, mis obligaciones han finalizado. ¿Podríamos dejarlo para mañana por la mañana?

Tom se preguntó si estaba soñando. El mismo día anterior ella hubiera cumplido su orden sin cuestionar nada, como cualquier otro miembro del servicio. Pero ahora la señorita Wade ya no era la señorita Wade. En tan sólo una noche se había convertido en una criatura descarada, capaz de dimitir de su trabajo sin inmutarse, de criticarlo e incluso capaz de decirle que su horario ya había finalizado. ¡Cuando aún quedaba tanto por hacer!

«No soy su esclava.»

Murmuró por lo bajo un par de palabrotas.

Al oírlo la señorita Wade levantó la vista.

—¿Ha dicho usted algo?

Él se dio cuenta entonces de que estaba allí de pie, como un idiota, cuando lo que de verdad quería era hablar con ella. El problema era que ella no cooperaba. Había decidido que el mejor modo de convencerla para que se quedara era hacer que su vida allí fuera tan maravillosa que no quisiera irse. Por ahora no tenía éxito.

Vio cómo ella se concentraba de nuevo en el libro y volvió a intentarlo.

—No quiero hablar de su trabajo, ¿qué podría decir de eso? Siempre es impecable.

—Gracias —dijo ella, y pasó otra página—. Pero si cree que halagándome conseguirá que me quede, está muy equivocado.

—Señorita Wade, ¿no podríamos hacer las paces? —Como ella no contestaba, continuó—: Después de todo, va a estar aquí los próximos tres meses. Así que…

—Dos meses, tres semanas y tres días —no pudo evitar corregirle ella—, y ni un día más.

Él ignoró el comentario pues no quería que volvieran a discutir.

—Claro. Sólo quería decir que ya que vamos a pasar tanto tiempo juntos y dado que ahora tendremos que acelerar el ritmo de trabajo, podríamos mantener una relación cordial. He pensado que, para empezar, podríamos hablar un rato.

Ella dudó por un instante pero no le rechazó, sino que cerró el libro y se quitó las gafas. Dejó ambas cosas encima de la mesita que tenía al lado, se sentó correctamente en el sofá, levantó la vista y se dispuso a charlar con él. Y entonces él olvidó completamente lo que quería decirle.

Tenía unos ojos preciosos. Era la primera vez que la veía sin sus horribles gafas y el cambio le dejó sin habla. A la luz de las velas, se los veía oscuros, pero él recordaba que eran de un extraordinario color lavanda. Sin las gafas impidiéndoselo pudo apreciar también que sus grandes ojos estaban rodeados de unas espesas pestañas.

Siempre había pensado que ella no tenía ningún atractivo, pero viéndola ahora, Tom supo que estaba equivocado. Con el pelo iluminado por las llamas y aquellos enormes ojos mirándole, decidió que era hermosa. Quizá no una belleza despampanante pero tampoco era nada corriente.


CHICAS... espero les guste el capi.. jaja ahora hay que empezar a regodiarnos y hacernos las duras jajaja para que Tom sufra un poquitito...
Como creen que seguira?? jajaj

Cuidence
Bye =D

martes, 5 de febrero de 2013

"CAPITULO 12"





El hombre era verdaderamente imposible. _________ soltó las piedras que tenía en la mano, que se esparcieron por encima del estropeado mosaico, y se dio la vuelta para enfrentarse a él.

—No tengo ninguna intención de llegar a un acuerdo con usted.

—Escúcheme. Si se queda, no sólo le triplicaré el salario, sino que también le pagaré una prima.

Ella hizo una mueca de desprecio.

—Eso no es un acuerdo. Eso es simplemente que usted cree que puede comprar todo lo que quiere.

—Normalmente puedo. Otra característica de los duques, me temo.

El lado prudente y práctico de ella estaba tentado de preguntar de cuánto era la prima, pero no lo hizo.

—Pues no puede comprarme a mí.

—Unas palabras orgullosas, señorita Wade. ¿Y qué pasará si no encuentra a su familia? ¿Y si no encuentra a ese marido con quien compartir amor y cariño? ¿Qué ocurrirá entonces? No puede quedarse con Viola para siempre.

—Entonces buscaré trabajo. Aprenderé todo lo que pueda de buenas maneras y me convertiré en institutriz.

—Usted ya tiene un trabajo, y lo que hace es mucho más interesante que ser institutriz. Le aseguro que las institutrices ganan mucho menos de lo que yo le pago aquí y su trabajo es mucho menos gratificante. A usted no le gustaría. Confíe en mí al menos en esto, señorita Wade.

—Yo no confío en usted para nada, señoría.

—Porque no le gusto.

—Exactamente.

Él no parecía disgustado.

—Entonces, si quiero que se quede, me veré obligado a gustarle y a ser más digno de su confianza y de su agrado.

—No pierda el tiempo. No voy a quedarme. Llegado el caso, buscaría otra excavación en la que trabajar. Estoy convencida de que su hermana conoce a mucha gente rica con villas llenas de ruinas romanas. Seguro que a algunos les gustaría excavar esas ruinas. Parece estar muy de moda en Inglaterra.

—¿Y por qué cree que la contratarían a usted?

—¿Por qué no? —respondió ella suavemente—. Usted lo hizo.

—Esto es ridículo —dijo, ya impaciente—. ¿Por qué va a irse a Londres si lo que quiere lograr puede conseguirlo desde aquí? Tiene los domingos libres para conocer a gente nueva. Estoy seguro de que la señora Bennington le presentaría a los habitantes de por aquí.

—Qué excitante. Y supongo que en los próximos meses usted haría desfilar ante mí a todos los caballeros que conoce para que pudiera encontrar marido.

Él ni siquiera parpadeó.

—Si quiere.

—¡Oh! —exclamó ella. Ya no podía aguantar más—. ¡Es el hombre más egoísta que he conocido en toda mi vida! Si cree que voy a aceptar una oferta tan ridícula…

—Le pagaré quinientas libras.

___________ parpadeó.

—¿Disculpe?

—Quédese hasta que acaben las excavaciones y le pagaré una prima de quinientas libras.

___________ tomó aliento.

—Está bromeando. Es una suma enorme.

—También es una dote. Muchos nobles están arruinados. Su abuelo, aunque la reconociera, podría no estar en situación de procurarle una dote, y es lo que yo estoy haciendo. Ahora que le he ofrecido todo lo que quería, ¿reconsiderará mi oferta y se quedará?

_________ bajó la vista y miró las lustrosas botas negras de Tom. Quinientas libras era una cantidad que nunca había visto en su vida.

¿Qué pasaría si, a pesar de la influencia de Viola, la familia de su madre se negaba a reconocerla? ¿Qué pasaría si, Dios no lo quisiera, sus padres no estaban casados y ella era ilegítima? No conocía lo suficiente a Viola como para confiar en ella en caso de que una de estas desgracias sucediera. ¿Qué ocurriría si volvía a encontrarse sola sin nada ni nadie?

Pensó en la oscura habitación del hotel de Tánger donde había pasado ocho semanas tras la muerte de su padre. Él casi no había dejado dinero al morir. Ella había vendido sus libros y su equipo para mantenerse el mayor tiempo posible. Cuando sólo le quedaban los dinares suficientes como para aguantar otra semana, llegó la carta del abogado de su abuelo aniquilando cualquier esperanza. __________ no se había sentido tan asustada en toda su vida. Lo único que le quedaba era un pequeño baúl con su ropa y los dos pasajes a Inglaterra pagados por el duque de Tremore.

Nunca antes de esas semanas se hubiera imaginado lo peligroso que podía ser el mundo para una mujer sin familia, sin dinero y sin nadie a quien recurrir. Había estado a un paso de la miseria y no quería volver a sentirse tan en precario nunca más.

Tom esperaba, y ella podía sentir su mirada mientras intentaba decidirse. Se resentía de la complacencia con la que le había lanzado a la cara quinientas libras, seguro de que las aceptaría. Él sabía perfectamente que esa cantidad, aunque para él sólo fuera calderilla, para ella era una fortuna.

Quizá debería aceptar. Sería mucho más prudente tragarse su orgullo y decir que sí, que arriesgarse a un futuro incierto y desconocido.

__________ se mantuvo firme, se agarró a su orgullo y calibró hasta dónde estaba dispuesta a llegar. Entonces, levantó la barbilla, miró a Tom directamente a los ojos y dijo:

—Deje que explique mi contrapropuesta, señoría. Me quedaré hasta el primero de diciembre, tres meses en lugar de uno. Durante ese tiempo, restauraré la mayor cantidad de antigüedades posible y, hasta mi partida, le ayudaré a buscar a una persona capacitada para sustituirme. A cambio, usted me triplicará el salario, tendré otro día libre, el jueves sería estupendo, y me pagará la prima de quinientas libras.

—A ver si lo he entendido bien: yo le triplico el sueldo, le pago la prima, le doy otro día libre y a cambio usted sólo se queda tres meses. Está loca.

—Esa cantidad de dinero no significa nada para usted. Loca o no, es mi única oferta.

—¿Está segura de que no quiere añadir nada más? ¿No le gustaría tener libres las tardes de los sábados para poder visitar a sus amigos?

—Ya que lo pregunta…, sí, hay algo más. Me gustaría que fuera usted menos sarcástico y más educado. Puede que usted sea duque, pero yo soy la nieta de un barón, la hija de un caballero y la amiga de una vizcondesa, y por todo ello merezco que me trate como a una dama y no como a una sirvienta.

Él ladeó la cabeza y la observó. Dudaba que valiera la pena seguir discutiendo, así que aceptó.

—Está bien. Acepto sus condiciones y haré todo lo que esté en mi mano por ser más educado con usted, aunque le advierto una cosa.

—¿Qué?

—Hasta diciembre, no sólo seré educado, sino que haré todo lo posible para que cambie de opinión y obligarla a que se quede hasta el final de la excavación.

—No soy su esclava, y usted no puede obligarme a nada.

—Pues entonces digamos que la persuadiré. Cuando quiero puedo ser muy persuasivo. —De repente sonrió, y su sonrisa fue como un sol deslumbrante abriéndose paso entre las nubes—. Quiero que se quede.

__________ tomó aliento, su sonrisa le había afectado. Era consciente de que él sólo estaba siendo amable para lograr lo que quería, pero durante un instante de locura estuvo tentada de decirle que sí, que se quedaría hasta el final.

—Y yo, señoría —dijo sin ninguna emoción—, puedo ser muy testaruda.

—Entonces estamos los dos advertidos —replicó él aún sonriendo. Le hizo una reverencia y salió de la habitación.

Una vez sola, ___________ recordó cómo le había afectado la sonrisa de Tom la primera vez que lo vio.

Ella le estaba esperando en la sala anterior al gran salón, apabullada ante tanta opulencia y sorprendida de que alguien viviera en un sitio como aquél. Tremore Hall no era una casa, era un palacio.

El ruido de las inmensas puertas cerrándose tras ella la asustó. El eco de las fuertes pisadas que se acercaban le hizo revivir el miedo que había sentido al verse sola, pobre y desesperada. Miles de preguntas cruzaron su mente mientras oía esos pasos. ¿Qué pasaría si la rechazaba? ¿Y si la echaba? ¿Qué haría si no podía convencerle de que la contratara?

Entonces él entró en la habitación y ella se quedó petrificada. Era el hombre más guapo que había visto en su vida: tenía el pelo negro, los ojos color miel con unas espesísimas pestañas y unos labios carnosos. Pero esos rasgos de niño travieso quedaban difuminados ante sus otros atractivos. No había nada infantil en sus marcados pómulos, ni en su recta nariz, ni tampoco en su implacable mandíbula. ________________ supo en ese mismo instante que era un hombre que sobresalía por encima de los demás. Si Tremore era un palacio, él era su príncipe.

Era mucho más alto que _________. Vestía botas de montar, pantalones claros, chaqueta azul de terciopelo y una inmaculada camisa de lino blanco. Sus anchos hombros destacaban bajo la ropa y su cuerpo bloqueaba la puerta por completo. No se parecía a ningún hombre que __________ hubiera visto antes. Ella estaba acostumbrada a los delgadísimos y envejecidos árabes que trabajaban en las excavaciones. Nada la había preparado para el duque de Tremore, que rezumaba fuerza, vitalidad y poder por todos sus poros.

Se acercó a ella y, con una voz muy suave, dijo:

—Veamos, ¿así que usted es la hija de sir Henry? ¿Dónde está su padre, señorita Wade?

De algún modo, ___________ logró contarle lo que había pasado, decirle que su padre había muerto y que él debía, aun así, contratarla. Incluso ahora, no sabía cómo había sido capaz de decirle nada. Sus ojos la estuvieron estudiando todo el rato y ella llegó a pensar que la echaría de allí a patadas.

Era evidente que él dudaba de su palabra, que no confiaba en sus habilidades como restauradora. ¿Y quién podía culparle? Allí estaba ella, intentando convencerlo de que no encontraría a nadie mejor que ella para su excavación. Tenía todo el derecho a mostrarse escéptico.

Pero al final no sólo no la echó, sino que dijo:

—Está usted contratada, señorita Wade. —Y le tendió la mano.

Ella la aceptó, sintiéndose muy aliviada y agradecida de tener la oportunidad de demostrar todo lo que sabía.

Le miró y entonces él sonrió, con lo que pasó de ser un frío príncipe a un hombre encantador. Esa sonrisa la dejó sin habla, casi hizo que se le doblaran las rodillas, le aceleró el pulso y disparó todas las emociones que ella era capaz de sentir. Todas, excepto el miedo que durante tantos meses la había atormentado.

El miedo había desaparecido. Al lado de aquel hombre no había nada que temer, estaba a salvo y volvía a tener un lugar en el mundo. En ese instante, se enamoró del duque de Tremore.

Por suerte, ahora era más lista que cinco meses atrás. Lejos habían quedado ya la admiración, la gratitud y el atontamiento. Todo eso se había apagado, igual que una vela que se enciende sólo por un instante. Qué tonta había sido.

___________ volvió a concentrarse en el trabajo. Por muy persuasivo que él pudiera llegar a ser, ella se iría, ya no podía conquistarla con su sonrisa. Si alguna vez había tenido algún poder sobre ella, ahora había desaparecido. No había nada que Tom pudiera hacer para que __________ se quedara pasado el uno de diciembre. Nada de nada.


CHICAS.... sorry por no haber subido un capitulo ayer.. pero estaba delicada del estomago.. y no pude venir a trabajar... y como tengo el archivo en mi pc del trabajo no lo pude subir desde mi casa jajaja... pero hoy si les subo =) espero les guste el capi ....

Cuidence
Bye =D

viernes, 1 de febrero de 2013

"CAPITULO 11"




___________ vigilaba cómo un par de trabajadores entraban una gran sección del suelo de mosaico dentro de la antika. Cerró los ojos cuando un extremo golpeó con el marco de la puerta, y un pequeño trozo se rompió y cayó al suelo.

—Oh, por favor, tengan cuidado.

—Nunca pida las cosas por favor a los trabajadores —le susurró al oído una voz suave—. Si lo hace, no la respetarán.

El sonido de las palabras de Tom, justo detrás de ella, la sobresaltó, y __________ se volvió.

—Gracias por el consejo, señor —dijo ella—, pero dado que he estado rodeada de trabajadores toda mi vida, creo que puedo arreglármelas sin su ayuda para que muevan un suelo de mosaico.

Y dicho esto, se alejó, pero podía sentir la mirada de Tom clavada en su espalda mientras seguía a los hombres dentro de la antika.

—Gracias —les dijo cuando depositaron el pavimento encima de la mesa de trabajo—. Ahora necesitaría…

—Váyanse —interrumpió Tom desde atrás.

Los dos hombres obedecieron inmediatamente, ignorando las protestas de __________, quien se enfrentó a él cuando los trabajadores hubieron salido del edificio.

—Supongo que no se le ha ocurrido preguntarse si yo necesitaba su ayuda antes de despedirlos.

—No —contestó él, directo como siempre—. Quería hablar con usted en privado, así que les mandé salir.

—¿Siempre consigue lo que quiere?

____________ vio cómo levantaba las cejas, sorprendido ante su impertinencia, y no pudo evitar sentir un poco de satisfacción. Mostrarse indiferente era tan fácil ahora que ya no sentía nada por él…

—Normalmente sí —contestó Tom—. Quizá porque soy arrogante, desconsiderado y egoísta, según me han dicho.

Oírle citar sus propias palabras la desconcertó un poco, pero si esperaba que se disculpara, estaba muy equivocado.

—Todos los duques somos así —continuó él—. Es el modo en que nos educan. Crecemos rodeados de gente que sólo espera satisfacer nuestros más pequeños deseos y obedecer cualquier orden sin cuestionarla. No espere que un duque se comporte de otro modo.

Ella movió la cabeza en deferencia a su superior conocimiento sobre los duques.

—Con usted como ejemplo, le aseguro que no lo haré.

Él profirió un ruido entrecortado que sonó sospechosamente como una risa, y el sentimiento de satisfacción de __________ se evaporó. Ella había querido que sus palabras le dolieran.

—Veo que finalmente ha encontrado su voz, señorita Wade —comentó él, con algo de displicencia.

—No sabía que la hubiese perdido —replicó ella rápidamente—. Que yo sepa, ha estado conmigo todo este tiempo.

—Un hecho que justo ahora estoy descubriendo —murmuró Tom, y dio un paso hacia ella, pero __________ no retrocedió. Por el contrario, le aguantó firmemente la mirada mientras él la estudiaba.

—Sus ojos no son azules —dijo él, sorprendido, como si hubiera descubierto algo inesperado—. Son de color lavanda.

El corazón de ___________ se desbocó y toda su recientemente descubierta confianza la abandonó. Había algo en la mirada de él, en su voz, que la hirió y le hizo recordar a la mujer que había sido hasta el día anterior, una mujer afortunada que no sabía lo doloroso que era que le rompieran el corazón.

Respiró profunda y serenamente. Esa mujer se había ido, y la que ahora ocupaba su lugar no iba a sentir dolor por culpa de él. Nunca más.

—Seguro que su señoría no me buscaba para comentar el color de mis ojos. —Al ver que él no contestaba, se dio la vuelta. Por encima del hombro, añadió—: Sea lo que sea lo que quiere discutir, espero que no le moleste que trabaje mientras hablamos.

__________ tomó su silencio como una afirmación. No hizo ningún intento de averiguar por qué quería hablar con ella. Podía ser sobre su dimisión, o sobre algo relacionado con la excavación. No le importaba. Lo único que quería era que se fuera.

Caminó hasta la mesa en la que estaba el mosaico a la espera de que ella lo restaurase. Examinó la mezcla que había preparado antes y la removió con una espátula de madera para estar segura de que tenía la consistencia adecuada. Satisfecha, levantó la tapa de la caja de madera que contenía pequeñas baldosas. Todas esas piezas se habían encontrado en la misma parte de la excavación y las tenía clasificadas por colores. Ahora tenía que seleccionar las que utilizaría para rellenar los huecos del mosaico.

Mientras escogía varios cuadrados de mármol azules y verdes y los comparaba con el verde oceánico del mosaico, esperaba a que Tom hablara, pero él no lo hizo, así que levantó la mirada y se encontró con que él aún la estaba observando.

—Dijo que quería hablar conmigo —soltó de golpe.

—Sí, por supuesto. —Él pareció salir de su ensimismamiento y caminó hacia donde ella estaba—. Mi hermana se ha ido a Chiswick.

—Sí, lo sé…—contestó ___________, y seleccionó de la cajita dos pequeñas baldosas color verde río y azul cobalto—. Se ha despedido de mí hace un rato, mientras preparaban su carruaje. —Y no pudo resistirse a añadir—: La veré dentro de un mes.

—De eso es de lo que quería hablar con usted. —Hizo una pausa y continuó—: Señorita Wade, a pesar de ser una mujer, he llegado a valorar enormemente sus cualidades como restauradora y como intelectual.

_________ pensó en todas las horas que había trabajado para demostrarle su valía y ganar su respeto. Y ahora, cuando ya era demasiado tarde, él finalmente le ofrecía una pizca de ese respeto. ¿Se suponía que tenía que estar impresionada con tal condescendencia?

—Gracias, señor. Usted, a pesar de ser un duque, parece tener ciertos conocimientos sobre antigüedades.

Esta vez, él sí se rió abiertamente, sin hacer ningún esfuerzo por ocultar su diversión.

—Sí, realmente tiene voz. Y ahora que se va ya no intenta esconderla.

No esperaba que respondiera, y ella tampoco tenía intención de hacerlo. En lugar de eso, ___________ se concentró en su trabajo. Empezó a comparar las piedras que tenía en la mano con las que ya había colocado en los espacios vacíos; escogió las que se parecían más. Mientras trabajaba, intentaba ignorar al hombre que estaba de pie a su lado. Ojalá dijera lo que había ido a decir y se fuera. Pasó una eternidad hasta que él habló.

—Me gustaría que se quedara.

Apretó las piedras que tenía en la palma de la mano, pero sólo por un momento. Lo que él quisiera ya no le importaba.

—No.

Esperó haber dado por zanjado el asunto, y se agachó para comparar más de cerca las dos baldosas.

—Demasiado verde, creo —murmuró para sí mientras se erguía y dejaba a un lado la pieza descartada. Se acercó de nuevo a la caja, pero antes de que pudiera seleccionar una nueva pieza, los dedos de Tom le rodearon la muñeca deteniendo su gesto.

—Al menos, no puede negarme la oportunidad de hacerla cambiar de opinión —dijo.

—Sería una pérdida de tiempo. Me marcho.

—¿A qué viene ese repentino deseo de irse?

Su dedo le acariciaba la muñeca, y _________ sintió cómo se le aceleraba el pulso. Enfadada consigo misma, se soltó.

—Mis razones no son de su incumbencia.

—Viola me contó lo de su abuelo. Si usted desea que él la reconozca, yo podría serle de mucha ayuda en ese sentido. Si se queda hasta que acabe la excavación, usaré mis influencias para obligarle a ello.

Se moriría antes que aceptar su ayuda.

—No necesito ese tipo de ayuda, señoría. Me gustaría que mi abuelo me reconociera porque creyera que es lo correcto, no porque se sintiera intimidado por un hombre de más alto rango. Además, no quiero quedarme aquí. He estado trabajando en excavaciones toda mi vida, y quiero cambiar de aires. Quiero conocer gente nueva.

—Y, según he oído, también quiere encontrar marido.

__________ se incomodó ante esas palabras. No pudo detectar ningún atisbo de burla en su voz, pero debía de estar riéndose interiormente ante la idea de que alguien quisiera casarse con ella.

—No veo nada malo en ello.

—Si su objetivo es casarse, señorita Wade, permítame disuadirla de ello. En esta vida es mucho mejor no buscarse complicaciones, si es posible.

—Gracias por su cínica opinión sobre el tema, señoría, pero no la comparto. A mí me gusta creer que el matrimonio es una combinación de amor, respeto y compañía, no una complicación. Y, como he dicho, hay muchas otras razones por las que dimito de mi puesto.

—Entonces no gastaré saliva tratando de convencerla de que las olvide. Lo único que le pido es que las aplace hasta que mi excavación esté acabada o, como mínimo, hasta que el museo haya abierto.

Al ella no contestar y seguir escogiendo piedras como si él no hubiera hablado, Tom se le acercó más, lo bastante como para que cada vez que ella movía el brazo, su codo le rozara.

—Creía que le gustaba su trabajo, señorita Wade —murmuró—. Creía que aquí era feliz.

__________ se detuvo, una enorme duda la invadió. Sí, allí ella había sido feliz, había disfrutado de su trabajo; un trabajo que era agradable y familiar, y que la llenaba de orgullo, y estaba a punto de abandonar todo eso por un mundo muy distinto. No pudo evitar preguntarse si estaba haciendo lo correcto.

No, el día anterior todo había cambiado, su felicidad se había echado a perder, y no quería seguir trabajando para un hombre que la respetaba tan poco.

—No hay nada que usted pueda decir o hacer para convencerme de que me quede aquí más de un mes.

—Le doblo el salario.

—No.

—Se lo triplico entonces.

Ella interrumpió su trabajo con un exasperado suspiro y giró la cabeza para mirarle.

—¿Es usted incapaz de entender la palabra «no»?

—Tengo cierta dificultad con esa palabra en concreto —reconoció él.

—No me sorprende —contestó ella retomando su trabajo—. Seguramente no la oye muy a menudo.

—Rara vez —aceptó Tom—. Soy arrogante, lo reconozco —continuó—, y todo lo demás. Lo admito, señorita Wade. Pero le pido que pase por alto mis defectos, acepte mi oferta de triplicarle el salario y se quede.

__________ no estaba impresionada con sus insinceros intentos de autodesprecio, nunca más iba a ceder ante él.

—En cuanto a persistencia, señor, los niños de las calles de El Cairo podrían aprender de usted, pero mi respuesta sigue siendo no.

—¿No podría como mínimo quedarse hasta marzo? He prometido a mis colegas que el museo estará abierto el día quince de ese mes. Necesito a los mejores que pueda encontrar para este proyecto. Como usted misma me aseguró una vez, es la mejor restauradora disponible. No podría encontrar a nadie tan capaz como usted.

A ella no le hicieron mella sus cumplidos.

—Ése es su problema —contestó fríamente.

—Cierto. —Dio un paso alejándose de ella y no dijo nada más.

El silencio se prolongó, y __________ esperaba que finalmente hubiese aceptado su dimisión. Sin embargo, tras un momento, el habló de nuevo, y sus palabras sugirieron lo contrario.

—Me gustaría llegar a un acuerdo.
 
CHICAS.. espero les guste el capi... y como ven Tom ya empezo a tratar de convencer a TN de que se quedara jajaj xd... por lo menos Tom se fijo en los ojos de TN... vamos progresando =)
 
Cuidence.. que tengan buen fin de semana...
Las Quiero
 
Bye =)